viernes, 4 de octubre de 2024

PERCEVAL EN LAS GALAXIAS

La literatura de ciencia ficción se ha atascado. Desde hace ya más de un siglo, no hace más que profecías que nunca llegan a cumplirse. De la lucidez y el acierto en las previsiones de un Julio Verne se ha pasado a un batiburrillo de máquinas de viajes por el tiempo, transportes telemáticos de la materia y viajes siderales que nunca llegan a concretarse. La invasión de marcianos pronosticada por H. G. Wells se ha quedado en invasión de turistas en algunas latitudes, y las únicas guerras, cada vez más mortíferas, las han desencadenado los mismos terrícolas. Algún guasón podría decir que estamos gobernados por extraterrestres empeñados en llevar al planeta a su autodestrucción tras algún apocalipsis nuclear. Pero en realidad, lo único que ocurre es que el simio humanoide que en la película” 2001: una odisea en el espacio” esgrimía un hueso como arma suprema dispone ahora de una variada gama de misiles, muchos de ellos misiles nucleares hipersónicos.

    Incluso las escasas exploraciones espaciales que se emprenden no buscan llegar a regiones desconocidas del cosmos, sino sondear las posibilidades de explotar los posibles yacimientos minerales de otros planetas como Marte a fin de cubrir las eventuales necesidades terrestres. Por decirlo de alguna manera, en lugar de conquistar dimensiones siderales que se saben inalcanzables, se busca intensificar el control sobre todo lo que sucede dentro de la Tierra. Son las telecomunicaciones lo que ha progresado de una manera imparable desde los esperanzados años 60 y no la navegación espacial. Hasta tal punto que el famoso y tan celebrado amerizaje en la Luna, visto con los ojos actuales, parece casi una excentricidad más que un hito histórico en un momento en el que la única cuestión verdaderamente importante es saber si la Tercera Guerra Mundial que de alguna manera ya ha empezado se limitará a varias guerras locales en puntos estratégicos del planeta –Ucrania, Palestina, el Ártico, algunos países africanos, etc.–, como sucedió en tiempos de la Guerra Fría, o si se llegará a un conflicto global total.

    En el mismo sentido, las supuestas guerras de las galaxias se han convertido en la realidad en guerras digitales en las que cada uno de los bandos ideológicos busca influir en la conciencia colectiva de miles de millones de personas. Uno de los fenómenos más cómicos al respecto es el constante alegato de indefensión del Occidente colectivo respecto a la propaganda rusa, como si los medios occidentales y sus respectivos bots y ciberpropagandistas no difundieran más que la verdad y además estuviesen en una constante inferioridad de recursos.

    Pese a todo esto, las aventuras sobre los guerreros espaciales no tienen la menor apariencia de entrar en un declive. Tanto la saga de “Star Wars” como la de "Star Trek" gozan de millones de seguidores en todo el mundo, y da igual si fenómenos como la teletransportación o los viajes a una velocidad superior a la de la luz resultan difícilmente creíbles. El imaginario mágico medieval ha sido sustituido por un imaginario no menos ilusorio pero bajo una apariencia cientifista muy a tono con el espíritu de los tres últimos siglos. Esto se une al innato deseo humano de encontrar vida inteligente en otros planetas, aunque sólo sea como una demostración de que la vida humana en el planeta Tierra no es una especie de broma cósmica, sino que la conciencia antropomórfica tiene un lugar predestinado en el Universo.

    Lo mismo sucede con la proliferación de la creencia en el fenómeno ovni. Los supuestos avistamientos han venido produciéndose con asombrosa frecuencia desde los años 50 del pasado siglo, y con una especial insistencia en los años 60. Pero el paso de los años sin una demostración definitiva de la presencia extraterrestre en nuestro planeta todavía no ha desanimado del todo a los creyentes. Y no falta la noticia que surge de vez en cuando, anunciando que la NASA ha reconocido en un informe interno o externo la existencia de naves extraterrestres, o algún otro fenómeno que sólo sería explicable por una intervención alienígena.

    Sin embargo, la aparición en el muy simbólico año 2000 (ese año en el que se suponía que todos los ordenadores del mundo iban a colapsarse) del libro “Rare Earth”, de los científicos norteamericanos Peter Ward y David Brownlee, en el que explicaban con todo detalle la dificultad de que en un planeta puedan surgir formas de vida tan complejas como las de la Tierra, vino a enfriar todavía más unas expectativas que ya se habían alejado de su punto más candente. Estos dos autores consiguieron explicar hasta qué punto la Tierra gozaba de unas características excepcionales que no sólo le proporcionaban una temperatura y una atmósfera compatibles con la vida orgánica multicelular –algo nada fácil de encontrar en la inmensa mayoría de los sistemas solares–, sino el papel protector de un planeta como Júpiter, el auténtico garante de la vida sobre la Tierra al absorber los impactos de un importantísimo número de los asteroides y meteoritos que circulan por el Sistema Solar. Es este paraguas protector el que nos ha librado de sufrir con una frecuencia que sería incompatible con la vida tal y como la conocemos bombardeos cósmicos similares al que acabó con la vida de los grandes saurios supuestamente hace 65 millones de años.

    Otra cuestión perpetua ha sido la naturaleza de esos extraterrestres. Mientras que a Stephen Hawking, siguiendo la tradición de H. G. Wells, le aterrorizaba la mera idea de su llegada, pensando que el único propósito de esos visitantes galácticos no podía ser otro que el exterminio y el genocidio, al estilo de las potencias coloniales occidentales, podemos encontrar también la excepcional “Ultimátum a la Tierra” (The Day the Earth Stood Still, de Robert Wise, 1951), película en la que los extraterrestres cumplían la función benefactora de advertir a los terrícolas de la peligrosidad de sus armas nucleares y del riesgo de que los demás planetas decidieran destruir la civilización terrícola si se convertían en un peligro para el resto de la galaxia. El film iba a contracorriente de la tendencia imperante en las películas de serie B de la época, en las cuales el extraterrestre agresor simbolizaba de manera casi infalible al posible agresor soviético con la intención de destruir el American way of life (por cierto, que esta paranoia, sólo que bajo la forma de fenómenos paranormales varios, ha sido resucitada en la serie de Netflix “Stranger Things”).

    Sin embargo, las películas sobre temas futuristas más recientes parecen alejarse de cualquier expectativa de encuentro con civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra y ya no digamos de una expansión de la aventura humana a los más lejanos confines del Universo. Elysium (2013) presenta un mundo en el año 2154 sumido en una distopía absoluta y dividido en una interminable sucesión de favelas mientras que la élite capitalista vive en una estación espacial llamada Elysium situada a decenas de miles de kilómetros de un planeta Tierra abandonado a su suerte. En suma, la tecnología espacial puesta al servicio de la clase dirigente, algo que ya se intuye en la privatización de los programas de la misma NASA y en los vuelos organizados por Elon Musk o Richard Branson.

    Pero hay otra película más rotunda en lo referente a su sentido metafísico. En la desesperanzadora Ad Astra, cuya trama está tomada casi directamente del Apocalypse Now de Francis Ford Coppola –o sea, de la novela breve de Joseph Conrad “Heart of Darkness” (En el corazón de las tinieblas)–, el protagonista va en busca de una nave extraviada cerca de Neptuno cuya tripulación había sido encabezada por su propio padre en el cumplimiento del llamado Proyecto Lima dieciséis años atrás, una misión que debía rastrear la presencia de vida inteligente en el Universo. El mayor Mc Bride se ve obligado a matar a ese padre reencontrado quien a su vez había sido responsable de la muerte de los miembros de la tripulación. La conclusión final de la película y de la misión, que el viejo astronauta había tratado de ocultar, es que sólo en la Tierra es posible encontrar vida inteligente en el cosmos. No cabe imaginar mayor contraste con la legendaria y antropológicamente optimista “2001 una odisea del espacio” de Stanley Kubrick. ¿Significa eso un regreso a la vieja religión monoteísta, según la cual Dios sólo existe para el ser humano? ¿Una mayor madurez de la especie? ¿O será quizás que el neoliberalismo ha destruido cualquier ilusión ajena al lucro, incluyendo la esperanza de encontrar unos congéneres lejanos que disipen la idea nihilista de que el ser humano es un azar genético desafortunado?

    Sin embargo, ajenos a estas meditaciones, los entusiastas de la ciencia ficción –o quizá western espacial, como sería el caso de “Star Wars”– siguen con sus sueños mucho más cercanos a la ficción que a la ciencia, como era el caso de las ficciones caballerescas de antaño. Unas ficciones en las que los científicos –locos o cuerdos– juegan el mismo papel que Merlín en las fabulas de Camelot. Abierta queda la cuestión de si aparecerá un Miguel de Cervantes que le dé la puntilla a todo este tipo de literatura y sus secuelas cinematográficas.

Veletri

martes, 17 de septiembre de 2024

Desvelando algunas luces

Caía la noche sobre el río, las últimas libélulas apresuraban su circular vuelo para masticar unos cuantos mosquitos, la luna dibujaba el reflejo de sus delicadas alas en el agua. La mujer caminaba despacio por la vereda, dejando que los aromas nocturnos penetrasen en los poros de su piel, como si esa belleza que le salía al encuentro fuera el baño que necesitaba su recién liberada mente, tras la huida. Piensa que nunca será ciudadana de pleno derecho y que las leyes romanas vigentes en Sicilia le obligan de por vida a la obediencia de sus últimos señores, pero esa noche puede dormir bajo las estrellas sin tener que velar el sueño agitado de su arrogante amo ni sentir su barrigudo y maloliente cuerpo encima. Había aprovechado un cambio de guardia de los centinelas para salir corriendo de la ergastula, ese espacio lúgubre en el que compartía miserias con otros esclavos las pocas horas de descanso que les dejaban las tareas agrícolas y en su caso la hechura de vasijas, cráteras, terra sigillata, sometida a una cantidad requerida diaria, que muchas veces el cansancio no le permitía cumplir, exponiéndose al castigo del látigo. Ningún beneficio recibía a cambio de las tareas, algunas veces ni siquiera la comida, lo que le exigía robar de las despensas o compartir algún alimento que hubieran conseguido los otros compañeros de esclavitud.

Atrás quedaba la villa siciliana donde arrastraba su cuerpo desde el día que lo compró el nuevo amo por unos cuantos denarios, como quien compra un objeto sobre el que se extiende el dominio de propiedad. No existe la categoría de persona para el esclavo.

Tocó con las manos el collar y la placa que aún le colgaban del cuello, la inscripción decía: "Retenme para que no escape, y devuélveme a mi dueño”, con el nombre del mismo y la zona donde habitaba. El collar del esclavo compromete a toda la sociedad, la construye, la convierte en sistema que escribe los destinos de todos los seres. Es el testigo alrededor del que vaga la tumultuosa noche de la esclavitud, el que recuerda lo siniestro, la monstruosa cara del abismo que convierte la muerte en la única esperanza.

Carecía de herramientas para cortar el hierro. Antes buscaría un lugar donde dormir, como prólogo a una utopía que en los momentos más descuidados de los días asalta el entendimiento con una palabra que semeja al viento Siroco, libertad para moverse. ¡Qué gran ilusión ser como una planta enraizada en la tierra, a la que nadie obliga a desprenderse de su raíz y tener el poder para decidir permanecer quieta o para elevarse sobre unos alados pies!

No durmió esa noche, la pasó pensando en cómo cruzar el límite que la separaba de la libre disposición de cada una de sus horas, encontrar el licor filosófico que destila la libertad, dejar de sentir la presencia retadora e inquietante del dominio sin poder enfrentarse a sus propios pensamientos para conocerlos en profundidad y recorrerlos como se recorre una selva desconocida. Esperaba llegar en dos jornadas de caminata al lugar de la montaña donde se hallaban escondidos los rebeldes, esperando el gran día.

Había escuchado en varias ocasiones al sirio Euno que los límites de la libertad no se alcanzan solo huyendo o matando al amo y robándole sus propiedades. La resistencia no elimina la esclavitud. Es la rebelión de muchos la que puede destruir para siempre el encadenamiento de unos seres a otros.

Corría el año 135 antes de la era común (la mujer no conocía la palabra que anuncia el futuro). Llegando al lugar señalado de las reuniones y tras los abrazos y celebración de sus compañeros ya libres, le quitaron el pesado collar.

“La danza”, Henri Matisse, 1909

En ciernes se estaba preparando una gran rebelión, los esclavos de Sicilia, la mayoría de origen sirio, eran numerosos; las condiciones de vida, inhumanas, los esclavistas sicilianos eran crueles por avaricia. “El foco principal de la rebelión fue la ciudad de Enna, situada en una colina en el centro de Sicilia y rodeada de amplias llanuras cultivables” (según texto de Diodoro). La rebelión se fue preparando durante un período bastante largo, los esclavos buscaban momentos oportunos para reunirse y organizarse. Llegado el día, 400 esclavos agrícolas penetraron de noche en la ciudad de Enna, al frente iba Euno el sirio, villa por villa fueron matando a todos los señores, solo dejaron con vida a algunos esclavistas famosos por haber tenido un trato humano con sus esclavos y a los armeros que debían preparar armas para los rebeldes. Tras tomar el poder de la ciudad, el entusiasmo se extendió a todas las capitales de Sicilia, llegando al número de 200.000 hombres y mujeres (también según Diodoro) entre esclavos, campesinos y trabajadores pobres de las ciudades.

Se formó así un estado de esclavos en Sicilia, con una moneda propia acuñada por ellos y aprovisionamiento, pues preocupándose del futuro no destruyeron las casas ni los campos. No buscaron forma alguna de poder estatal, crearon un consejo en cada ciudad con miembros elegidos por todos.

La mujer, los días de la rebelión y los siguientes durante al menos tres años y con ayuda del cálamo que siempre la acompañó, intentó transcribir cuantas palabras se decían en las reuniones, para que ninguna estrategia, ninguna idea, quedase en el olvido. Más tarde, cuando los ejércitos de Roma cayeron sobre ellos, escondió los pergaminos en una cueva, los tapó con piedras, en ese momento pensó en el futuro, quizás algún día, para otros hombres y otras mujeres serían el testigo necesario de un camino que los humanos llevan recorriendo en pos de alcanzar unas alas parejas a las libélulas. A lo largo de los siglos se han ido rescatando esos y otros textos escondidos, con facilidad se han traducido las palabras pero reduciendo la capacidad de comprender el significado.

La historia la escribieron los vencedores, los señores, los súbditos pagados por los jefes, reyes y emperadores, para alcanzar la “inmortalidad”. Pero el camino lo construyeron los esclavos, las prostitutas, los mendigos, los campesinos, los trabajadores. Siendo la mayoría en número en cualquier sociedad, han llegado al día de hoy anónimos todos ellos y anónimas sus vidas y sus acciones para la historia.

Quien tiene el poder y el dominio sobre los otros elimina cualquier vestigio que comprometa su status, no vaya a ser que los presentes y los futuros levanten la capa del olvido y emulen algunas acciones de los olvidados.

En el mundo posmoderno de hoy nos dicen que la sabiduría se halla solo en la búsqueda de la felicidad, pero hay otros valores que se perdieron en el camino: la libertad, la igualdad, la solidaridad.

La vida es demasiado hermosa como para querer ser solamente feliz.

Eirene

jueves, 22 de agosto de 2024

¿SOMOS CUCARACHAS?

Cuando uno mira qué estamos haciendo con el planeta surge la imagen de una deliciosa merienda campestre cubierta de hormigas negras: destrozamos todo lo que tocamos.

La Metamorfosis de Kafka nos presenta un humano que se despierta convertido en un monstruoso insecto. No una mariposa ni siquiera una mosca, ambas capaces de volar, sino una especie de cucaracha o chinche que nos resultan repulsivos precisamente por su sucia presencia cotidiana.

Es frecuente comparar a los financieros con garrapatas que nos chupan la sangre y a los artistas con mariposas efímeras que embellecen el mundo. Son metáforas, nuestra herramienta más habitual con la que pretendemos explicar un cosmos que desborda nuestro entendimiento por la simple razón que percibimos sólo cuatro dimensiones (tres espaciales y el tiempo) pero existen más dimensiones cuánticas.

Los insectos son la Clase animal con más especies: más de un millón. Justo lo contrario que el homo sapiens que sólo somos actualmente una especie sin razas, sólo diferencias anecdóticas. Cada especie de insectos se ha especializado en un nicho ecológico muy preciso hasta el punto de que piojos y ladillas nunca se mezclan. De nuevo, lo contrario del humano que se ha esparcido por todos los rincones de la tierra con una actitud depredadora que ya ha provocado miles de extinciones de fauna y flora.

Los insectos son los artrópodos terrestres. Al salir del agua tuvieron que protegerse de la deshidratación pero, a cambio, muchos desarrollaron su capacidad de volar. La característica común de los artrópodos es su exoesqueleto que les defiende pero les impide crecer y por ello muchas especies han de mudar su piel. Son aspectos sobradamente conocidos que cito porque se pueden establecer paralelismos con la vida humana: quienes desarrollan su capacidad de "volar", de elevarse de lo inmediato para ver con nuevas perspectivas e incluso alcanzar lugares que eran inaccesibles. También se pueden concebir personas con armadura externa que les impide crecer y entender como "sucesivas mudas" las crisis escenciales que nos dejan desprotegidos pero son necesarias para una vida no lineal. Son comparaciones simplificadoras para enfocar una faceta concreta de una realidad complejísima. Los insectos son productos de la evolución de millones de años que determina su comportamiento mientras que a cada humano nos condiciona nuestra herencia y entorno concretos. 8.000 millones que nos desenvolvemos en nuestro pequeño mundo tomando decisiones individuales diarias sobre relaciones y comportamiento, sobre nuestra imagen interior y actitud vital.

La diversidad de la Clase "insectos" lleva a que la taxonomía los clasifique en ocho órdenes. Es muy fácil caer en la tentación de clasificar al prójimo:
- DÍPTEROS como en el vecino moscón o el compañero de trabajo que pica cual mosquito.
- COLEÓPTEROS como el que va agradando su bola de excrementos o la mariquita presumida que puede librarnos de algún pulgón.
- HIMENÓPTEROS como la cigarra, el vago cantarín que vive del cuento.
- ORTÓPTEROS como el saltamontes que no para quieto y va dando tumbos.
- LEPIDÓPTEROS como las bellas mariposas o las polillas que se fascinan por una vela (cualquier adición) y acaban quemados.
- HIMENÓPTEROS. Aquí la cosa se complica porque son sociedades muy anteriores a la nuestra con su propio reparto de roles: no todas las abejas hacen miel pero sí alguna especie de avispa. Los millones de hormigas ¿son plaga de abducidos o un ejército disciplinado que limpia todo lo sobrante y muerto y nos libra de enfermedades?. ¿Ser la abeja reina es un privilegio o una maldición? ¿Es mejor ser un zángano copulador una vez en la vida o asumir el ciclo de tareas de una obrera: cuidar a las crías, luego producir cera y desecar la miel para acabar buscando néctar? Una obrera vive tres semanas si hay muchas flores pero tres meses si nace al final del otoño. ¿Es justo vivir cuatro veces más por la circunstancia de nacer en un momento u otro?
- DICTIÓPODOS. ¿Qué decir de las cucarachas, o de la mantis que arranca la cabeza del macho tras una única cópula?
- ODONATOS ¿A quién se puede semejar una libélula o un caballito del diablo?

Uno no puede ignorar el detalle más fascinante de los insectos: la metamorfosis. Resulta tentador pensar cuántos seres humanos se quedan anclados en la fase larvaria de comer y crecer protegidos pero sin ver la luz del sol ni apenas tener otras interacciones. A pesar de eso, muchos desaparecen como simple alimento para otros animales. "Un trozo de carne con ojos" que se dedican a contemplar pantallas con cultura basura que embota su mente mientras ingieren comida basura que hincha su cuerpo. Hay metamorfosis incompletas, mudas sucesivas y metamorfosis completas que logran trasformar la oruga en mariposa: el artista original, el artesano concienzudo, el trabajador que se siente útil a su comunidad, el progenitor/a que favorece el desarrollo de sus hijos en lo afectivo, intelectual y ético.

Lo jodido es mirarme al espejo y asumir que mi propio comportamiento es muy diverso según las circunstancias: es una sucesión de cuanto he descrito antes, añadiendo otros comportamientos no citados como el de la carcoma, que destroza por dentro cualquier organización, o el ciervo volante que teóricamente es imposible que vuele pero que lo hace.

Esa imprevisibilidad como individuo es tan definitoria del ser humano como nuestro comportamiento social como masa informe que permite llevarnos a la guerra o a la sumisión con un par de trucos de propaganda política. La vacuna contra esa manipulación sería una visión crítica a partir del información veraz: justo lo que no se nos ofrece por parte del Sistema que necesita borregos y no lobos solitarios.

En resumen: 8.000 millones de individuos diversos en colonias que buscan la homogenización de las voluntades. 8.000 millones de historias de vida tan apabullantes que las pretendemos unificar en un "nosotros" buenos y "ellos" malvados. Supongo que la humildad puede ser la mejor actitud para que la crítica no nos paralice ni nos amargue. Que cada uno se ocupe de mejorar su pequeño entorno y limpiar su propia mente de Ruido. Luego, si nos ponemos de acuerdo con el vecino para construir algo útil, ya habremos aportado Valor a nuestra leve existencia.

Sentido común

lunes, 22 de julio de 2024

Hitler, Stalin, Churchill, Biden y demás individuos simpáticos

Si algo ha sabido el poder desde siempre es la importancia de escribir la Historia. No conoceremos jamás la versión cartaginesa de las guerras púnicas, ni tampoco la versión espartana de la guerra del Peloponeso, aunque es probable que sea cierta la idea de que Tucídides fuera uno de los historiadores más fiables que han existido nunca. El cristianismo primitivo tuvo muy claro desde el primer momento que ninguna otra visión de la Historia ni del conocimiento era admisible fuera de la suya propia. La autora británica Catherine Nixey describió de manera muy detallada en su libro “La edad de la penumbra” cómo los teólogos y clérigos cristianos hicieron una inmensa criba de toda la cultura clásica y sus filósofos. El más perjudicado de todos los pensadores griegos fue sin duda Epicuro, del que actualmente tenemos un conocimiento fragmentario, aunque sabemos que su obra fue por lo menos tan voluminosa como la de Platón. Pero los numerosos enemigos de la doctrina epicúrea –platonistas, estoicos, cristianos– hicieron que su obra desapareciera casi por completo, y que lo que sepamos de ella se limite a fragmentos dispersos y a esa especie de resumen de las ideas de Epicuro que es el poema de Lucrecio “De rerum natura” (De la naturaleza).

    El siglo XX y todo lo que llevamos del XXI han sido extraordinariamente prolíficos en todo lo referente a la manipulación de la Historia y de la información. Normalmente la historiografía occidental siempre ha asociado todo lo referente al arte de la mentira y la manipulación aplicadas a la política a regímenes como el nazi o como la URSS, en particular la URSS del período de Stalin. De esta forma, el jardín occidental sería un edén en el que sólo florecerían la verdad y la noble contienda política, un ágora que permitiría el desenmascaramiento casi infalible de todos los partidos de inclinaciones totalitarias y los posibles tiranos. Pero la cosa empieza a ensombrecerse cuando los mismos máximos perpetradores de la mentira, individuos como Hitler o Goebbels, dijeron en sus obras o declararon que todo lo que sabían de la manipulación de masas lo habían aprendido de las democracias occidentales, y en particular de las democracias anglosajonas. Los españoles tuvieron oportunidad de ver cómo las gastaban estas democracias anglosajonas cuando el caso de la voladura del Maine, que fue el pistoletazo de salida para que el imperio periodístico de William Randolph Hearst, el famoso “Citizen Kane” de Orson Welles, agitase unas aguas que acabaron de llevarse por delante lo que quedaba del moribundo imperio español en Cuba y Filipinas. No mucho más tarde llegó la Primera Guerra Mundial, esa guerra en la que el kaiser Guillermo II intentó que el Imperio Alemán igualase cuando menos al británico o mejor lo desplazara como poder hegemónico mundial. La primera acción bélica seria por parte de Alemania fue la invasión de Bélgica, y de inmediato la prensa británica empezó a publicar historias de mujeres belgas violadas o asesinadas por los “krauts”, historias tremendamente exageradas que recuerdan en gran medida a la famosa matanza de Bucha de la actual guerra de Ucrania.

    Si hemos de creer al propio Goebbels, su máximo maestro fue Edward Bernays, cuyo libro “Propaganda”, publicado en 1928, abrió grandes caminos no sólo en el terreno de la publicidad comercial, sino en el de la propaganda política y de guerra. Bernays describió cómo las minorías podían manipular a las grandes masas una vez instaladas en el poder, y también cómo manejar esos impulsos descritos por pensadores como Ortega y Gasset en sus obras. Es cierto que el régimen nazi elevó el arte de la mentira y la manipulación políticas a cotas quizá nunca alcanzadas en el pasado, pero Goebbels no fue el único inspirador de su famoso decálogo. Otros antes de él habían descubierto que la mentira tiene mayores posibilidades de ser creída cuanto mayor es y cuanto más apela a los resortes emocionales de los individuos.

    La metódica campaña de odio y exterminio contra los judíos es demasiado conocida para extenderse en ella aquí. Mucho menos conocido y, sobre todo, difuminado por la labor de omisión de la mayoría de los historiadores occidentales en las últimas décadas, es el proyecto de Hitler respecto a Ucrania y otras regiones de la URSS. No sólo convertir a Ucrania en el gran granero de cereales de la Gran Alemania que proyectaban los dirigentes del Tercer Reich sino explotar los inmensos recursos naturales de las demás regiones de la URSS. Para el Tercer Reich, los territorios de la URSS debían ser la misma fuente de beneficios para Alemania que India lo había sido para el Imperio Británico.

    De manera paralela a la de Hitler, transcurría la trayectoria de Stalin. Desde la época de la Gestapo, que puso en circulación las cifras más exageradas de los números de prisioneros y muertos que se daban en los distintos campamentos del Gulag, así como de la gran hambruna en Ucrania, supuestamente planificada por el gobierno soviético, la inmensa mayoría de historiadores y todos los propagandistas occidentales han coincidido en señalar las atrocidades sin fin del dictador de origen georgiano. Si el capitalismo había producido un monstruo como Hitler, había que demostrar que la ideología socialista era capaz de producir otro monstruo mucho peor. De ahí las exageradas cifras proporcionadas por Solzhenitsyn, quien, aparte de decir que si Pinochet o Franco no hubieran existido habría sido necesario crearlos, elevó el número de prisioneros políticos de la URSS fallecidos en el Gulag a sesenta millones de individuos. Una cifra totalmente inverosímil que, sin embargo, sigue siendo dada por buena en determinados artículos de prensa y, de manera más informal pero igualmente subliminal, en películas y comentarios en programas de televisión. Son pocos los que se toman la molestia de calcular que, si todas las víctimas del llamado Holodomor, de la guerra civil, de la guerra contra los nazis, del Gulag, etc., se sumasen, la natalidad de las mujeres soviéticas nunca habría podido llevar la población de la URSS a los más de 300 millones de personas que tenía en el momento de su disolución.

    Frente a estos dos tiranos execrables, Occidente contrapuso la figura del líder heroico. Winston Churchill se convirtió en el mito por excelencia de la Segunda Guerra Mundial. Dado que el Occidente colectivo no podía lidiar con la idea de que la mayor y más decisiva derrota de las tropas nazis se hubiera dado como consecuencia de la fallida Operación Barbarroja contra la URSS, la figura de Churchill y la resistencia del Reino Unido casi en solitario contra la Alemania nazi durante una cierta fase de la guerra sumadas al muy posterior desembarco en Normandía de las tropas aliadas, se convirtieron en la explicación favorita de la propaganda occidental de la derrota alemana.

    Sin embargo, la figura de Churchill no era ni mucho menos tan impoluta como la propaganda popularizada por los medios generalistas, el cine y la televisión nos han hecho creer. Sus crímenes en Afganistán, la India –donde sus políticas causaron una hambruna que se calcula dejó tras de sí cuatro millones de muertos–, Irlanda, y, en su última etapa de gobierno, en una Kenia sumida en un auténtico régimen de terror, son generalmente ignorados o justificados por la propaganda occidental. Sus comentarios racistas contra hindúes, irlandeses, asiáticos, africanos, etc., son como amables anécdotas indignas de ser relatadas o mencionadas. El embellecimiento de todo lo relativo a la figura de Churchill es un tótem que muy pocos se han atrevido a profanar.

    Los últimos adalides del discurso neocolonialista occidental son personajes como Zelenski, Netanyahu o Joe Biden, pero por razones de espacio y relevancia nos centraremos en este último. Biden ha sido uno de los más resistentes y longevos animales políticos del paisaje estadounidense. Envuelto en los mayores temas de política interior y exterior, fue el artífice principal de la famosa y poco conocida en Europa Crime Bill –oficialmente “Violent Crime Control and Law Enforcement Act”–, y fue también un actor importante en decisiones como la invasión de Irak en el 2003, dando su apoyo a la misma desde la supuesta oposición demócrata al presidente George Bush Jr., y más tarde apoyó sin rubor ni titubeos de ningún tipo todas las aventuras militares posteriores, como las de Libia, Siria, etc. Dicho sea de paso, la Crime Act llevó las cifras de presidiarios en Estados Unidos a unas cotas absolutas muy similares al número de prisioneros totales en la peor época del estalinismo.

    Tremendamente criticado por su retirada del Afganistán, Biden no tardó en embarcar no sólo a su país sino al mundo entero en una guerra como la de Ucrania que bien pudiera desembocar en una Tercera Guerra Mundial. Pero dado que, según la retórica del Occidente colectivo, el único responsable de esa guerra es Vladimir Putin, el viejo camaleón político yanqui estaría más allá de toda crítica, por supuesto. Llegados a este punto, es casi mejor renunciar a relatar todo el historial de embustero patológico de Biden, tanto en su vida personal como en la política, y mucho menos publicitado y denunciado por los medios de comunicación generalistas que las mentiras del neofascista Trump, ya que eso tendría que ser el objeto de otro voluminoso artículo. Pero no deja de ser bastante cómica toda la operación desarrollada por los medios occidentales para disimular el irreversible declive físico y mental de Biden, tachando de manipulaciones rusas o de la extrema derecha todos los videos en los que Genocide Joe aparecía titubeante, desorientado o incluso saludando a amigos imaginarios. Hizo falta un debate televisado visto en el mundo entero para que los escribas del Occidente colectivo admitieran la realidad. La tarea de glorificar y proteger a los líderes políticos propios y denigrar a los del bando contrario es el empeño común de todos los propagandistas dignos de ese nombre. Y es que como decía el antiguo gurú Bernays en su breve pero demoledor libro, no hay nada tan importante en una democracia como el control de la opinión pública.

Bibliografía

Hitler. A biography (Ian Kershaw)

– Propaganda (Edward Bernays)

The caging of America (Adam Gopnik, publicado en la revista “The New Yorker”)

Mentiras sobre la historia de la Unión Soviética (Mario Sousa)

– La edad de la penumbra (Catherine Nixey)

Un carnicero genocida y filofascista convertido en ídolo de la democracia burguesa británica. Los crímenes de Winston Churchill (El Blog del Viejo Topo)

Veletri

lunes, 24 de junio de 2024

EL EXTREMO CENTRO Y SUS ENEMIGOS

El año que viene 2025 se cumplirán 80 desde la publicación de “The Open Society and Its Enemies” (La sociedad abierta y sus enemigos), la obra de filosofía política más influyente del teórico de la ciencia Karl Popper. En ella se aboga por la sociedad “abierta” occidental, una sociedad en la que, supuestamente, todas las ideas y doctrinas políticas pueden someterse a una libre discusión para que sean los ciudadanos los que elijan entre las distintas corrientes ideológicas. Una sociedad donde el ágora cobra su pleno significado frente a las tendencias totalitarias de las sociedades cerradas gobernadas por regímenes despóticos.

    En su célebre libro, Popper arremete a matar contra tres filósofos de distintas épocas a los que atribuye la creación del pensamiento totalitario a través de los siglos: Platón, Hegel y Karl Marx. Difícilmente seré yo quien defienda a Platón. De hecho, encuentro muy atinada la crítica que el pensador austriaco nacionalizado británico hace del pensamiento platónico. Platón es de esos pensadores que quedan de maravilla en Facebook cuando se publica alguna de sus sentencias que parecen rebosar de sabiduría, como también en las revistas de divulgación científica y filosófica. ¿Quién puede contradecir a Platón cuando se leen frases como esta, por ejemplo?: "La ignorancia, en verdad, es la madre de todos los males”. Es una frase modélica, de esas que se podrían grabar en la taza de café del desayuno, por ejemplo, o incluso en una T-shirt, aunque ya sabemos que las preferencias del público de hoy en día van por otros caminos. Es una frase típica de ancianito venerable que se lee con una sonrisa beatífica en los labios. Otra cosa es cuando uno se adentra en la lectura de “La República” y ve que Platón, en efecto, diseñó de manera implacable lo que tenían que ser los pilares de cualquier estado totalitario futuro, con los poetas convertidos en una especie de funcionarios del estado sin otro papel que el de cantar las supuestas glorias de la patria, y muchas otras delicias que el lector va descubriendo a medida que pasa páginas. Platón, gran admirador de Esparta y procedente de una familia de la aristocracia ateniense, no sentía la menor simpatía por el muy imperfecto régimen democrático ateniense, que a él le parecía un exceso por la indebida influencia de la plebe.

    También es bastante razonable la crítica de Popper a Hegel, ese gran abogado defensor del estado prusiano. Hegel creía en una teleología de la Historia –así, con mayúsculas– y en esa idea extraña que él bautizó como “la astucia de la razón” (die List der Vernunft), según la cual incluso cuando la Historia parecía estar en pleno retroceso, en realidad estaba tomando impulso para nuevos avances. Algo que Lenin parafrasearía en cierto modo con la fórmula “Dos pasos adelante, otro hacia atrás” (el problema surge cuando los pasos atrás son cuatro). Esa marcha de la Historia hacía una forma final casi perfecta de las sociedades más avanzadas justificaba la preponderancia del estado en casi todos los ámbitos de la vida. Visto desde el prisma actual, a cualquiera le rechinaría el eurocentrismo supremacista y racista de Hegel, pero esa había sido la norma de los filósofos occidentales durante siglos y no iba a ser él quien la rompiera. Sea como fuera, el autoritarismo prusiano y sus posibles imitaciones quedaban justificados de esta forma.

    Y llegamos a la crítica que Popper hace de Marx. Aclaro desde el principio que creo que Popper ha sido el crítico más acertado y lúcido de Marx que ha dado el pensamiento burgués. Pienso que la crítica del historicismo que hace Popper tiene mucho sentido, y que supo ver muy bien que esta rémora del pensamiento hegeliano era el punto débil de toda la teoría marxista. Marx es impecable en su crítica del sistema capitalista y en la de los economistas ingleses y franceses que le precedieron, como también en su crítica general de la filosofía alemana. De hecho, pocas cosas hay más risibles en el mundo que ver a un economista neoliberal o similar tratando de refutar las ideas de plusvalía, explotación, colonialismo o fetichismo de las mercancías. Pero se equivocó al pensar que el triunfo de las clases trabajadoras, por ejemplo, era inevitable, y no previó la capacidad de mímesis y resistencia del sistema capitalista, su habilidad para destruir, fagocitar e incluso cooptar cualquier pensamiento o corriente social disidente que de alguna manera pudiese poner en peligro su dominio. Tampoco acertó al pensar que la gran revolución socialista prendería en alguna gran potencia industrial como el Reino Unido, Alemania o Estados Unidos, cuando en realidad se produjo en un país en la periferia del mundo capitalista como era la Rusia de principios del siglo XX.

    Pero una vez vistas someramente las críticas de Popper a sus filósofos repudiados, quizá cabría hacerse preguntas acerca de su premisa mayor. Es decir, ¿hasta qué punto existen en la realidad las “sociedades abiertas”? Más todavía: ¿son las sociedades occidentales que conocemos hoy en día auténticas sociedades “abiertas”?

    Para empezar, tendríamos que determinar quiénes son los que certifican que una sociedad en concreto sea “abierta”. ¿Esa creencia está justificada y viene de parte de los propios ciudadanos o más bien sería una ilusión comparable a la de los habitantes de la caverna de Platón? Dejando aparte el hecho de que la Historia nos demuestra que las mayorías rara vez han tenido la razón, queda el hecho de saber si la ventana de Overton de una determinada sociedad es lo bastante amplia para que cualquier idea pueda expresarse con la misma facilidad con que se expresan las ideas de la clase dirigente que ostenta la propiedad de los medios generalistas de manipulación de las masas. ¿Qué ideas son consideradas aceptables para el debate político y cuáles no? ¿Quiénes son los responsables de ajustar esa ventana? En países como los Estados Unidos, la gran potencia hegemónica de nuestra época, el poder con mayúsculas decidió que el debate político debía limitarse a dos grandes partidos: el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Se objetará que dentro de esos dos partidos mastodónticos existe un animado debate interno y unas elecciones primarias. La realidad es que cualquier candidato que se atreva siquiera a poner en duda el pensamiento único neoliberal se convierte de manera automática en el blanco de la casi totalidad de los medios de disuasión masiva. Ejemplos como la persecución que han sufrido políticos apenas socialdemócratas como Bernie Sanders, Jeremy Corbyn o Pablo Iglesias en sus respectivos países demuestra hasta qué punto la ventana de Overton se ha reducido a la estrechez de la ranura de un buzón de correos. Son estos políticos hegemónicos, demócratas y republicanos en Estados Unidos, socioliberales –también conocidos falsamente como socialdemócratas– y conservadores en la Europa de Maastricht, los que se han arrogado el derecho de catalogar a las familias políticas más o menos disidentes como “extrema izquierda” o “extrema derecha”.

    Pero en realidad, ese pensamiento hegemónico bien podría clasificarse desde una cierta irreverencia –¿o lucidez?– como de “extremo centro”. ¿Y cómo definiríamos ideológicamente a ese extremo centro? Para empezar, es una corriente política que se define a sí misma como el epítome de la moderación y el respeto de los valores democráticos. Por lo tanto, cualquier corriente ideológica que le sea ajena viene marcada ab initio por la sospecha. Eso incluye en especial a las ideas socialistas o partidarias de una mayor participación del estado en la economía, una tendencia que se ha tardado casi un siglo en erradicar desde el, para ellos, lamentable extravío keynesiano de los años 30-50 del pasado siglo. Esto en lo que se refiere a la gestión financiera del estado. En cuanto a la política exterior, el extremo centro es partidario de aventuras como el desmembramiento del autogestionario estado yugoslavo, el bombardeo de Serbia, el genocida bloqueo y posterior invasión de Irak –Madeleine Albright y sus famosos 500.000 niños muertos que eran necesarios para traer la democracia a ese país–, el derrocamiento de Gadafi en Libia, que supuso sumir al país africano con un mayor nivel de vida en un caos inextricable, el lento y constante genocidio en países como Haití o Yemen –ignorados por los medios hegemónicos– , la ocupación norteamericana de una tercera parte del territorio de Siria, la invasión de Afganistán y el actual genocidio en curso en Gaza. Capítulo aparte serían las empresas coloniales que todavía siguen en marcha en África y la misteriosa multiplicación al estilo de los panes y los peces del terrorismo islamista allí donde aparecen tropas occidentales, ya sean francesas o americanas. La cúspide de todas estas aventuras imperialistas disfrazadas de intervenciones o guerras “humanitarias” es la actual guerra de Ucrania, que amenaza con llevarnos a una Tercera Guerra Mundial.

    ¿Y cuáles son las reacciones del extremo centro si alguien se atreve a criticar estas políticas? La política informativa del Occidente global respecto a la pandemia reforzó algunas líneas que desde hacía ya décadas habían sido perceptibles en los engranajes del pensamiento único neoliberal. La supresión de cualquier parecer contrario o disidente y la instalación del pensamiento único apocalíptico ya estaba en marcha. Pero un ejemplo paradigmático de la persecución de cualquier disidencia fue, a mi modo de ver, el acoso y derribo sistemático por parte de los medios generalistas del líder del Partido Laborista británico Jeremy Corbyn. De la acusación de retrógrado izquierdista presentándole como una especie de nuevo Lenin hecha por The Economist, se pasó a la típica acusación de “antisemita” que con tanta alegría suelta el sistema contra cualquier crítico de la política genocida de Netanyahu y su gobierno. El mensaje real era otro; el Occidente colectivo neoliberal ya no tolera la socialdemocracia bajo ninguna de sus formas, y tampoco la crítica al estado de Israel, esa última gran empresa colonialista occidental. De ahí que tampoco fuera sorprendente que una de las primeras acciones del gobierno del pensamiento único neoliberal fuese la censura total de los medios rusos en cuanto Rusia intervino en el Donbass para evitar que terminara convirtiéndose en lo que hoy es Gaza y, sobre todo, para impedir el ingreso de Ucrania en la OTAN. Todo ello seguido menos de dos años después de la estigmatización y persecución de los estudiantes, profesores universitarios, intelectuales y periodistas que se hayan atrevido a criticar el colonialismo genocida israelí, especialmente en países como Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. Todos estos hechos hacen presagiar un futuro en el que cualquier crítica al poder que vaya más allá de lo cosmético y meramente superficial será reprimida por completo, como ocurrió en la Europa de principios del siglo XIX tras el aplastamiento de la Revolución Francesa. La infame persecución contra Julian Assange no fue ningún cisne negro, sino un aviso a navegantes de cara a los tiempos venideros.

    Por otra parte, el extremo centro de nuestros días no tiene tampoco un gran reparo en unirse a la extrema derecha sin complejos cuando la situación lo requiere. El anuncio de Ursula Von der Leyen de que cualquier partido europeo de derecha radical sería bienvenido en las instituciones comunitarias siempre y cuando se adhiriese a la cruzada contra Rusia lo dejó muy claro.

    ¿Qué es lo que queda entonces de la supuesta sociedad abierta? ¿Por qué la única política económica posible bajo las directrices de la UE ha de ser el neoliberalismo y el lento desmontaje del llamado estado de bienestar? ¿Por qué es necesario supeditarse a todas las aventuras imperialistas del imperio anglosajón? ¿Por qué se ha convertido a la economía europea en una economía de servicios incapaz de afrontar una guerra o una pandemia? ¿Por qué se ha de proseguir una política de belicismo suicida frente a Rusia y China? La ventana de Overton de la sociedad abierta se ha transformado en un agujero más diminuto que el de la aguja por el que debían pasar los camellos de la Biblia.

Veletri

martes, 4 de junio de 2024

Cuestión de narices

El olfato guarda las puertas del tiempo, no hay sentido más alargado ni más misterioso. Un día te despiertas y al dejar pasar un aroma nuevo en tu estancia, recorres en una milésima de segundo el trayecto que te separa de tu infancia, aquel perfume de la noche cuando olían a jazmín no sé si las estrellas o tu misma niñez, o el olor de la leña crepitando en la estufa de la escuela. Cada aroma es un acto de la memoria que nos sitúa en la emoción sutil de cualquier instante vivido. Si pienso, recuerdo, si huelo vivo de nuevo.

    Igual que cuando hacemos un repaso a nuestra vida pensamos en imágenes o en sonidos y en emociones asociadas a ellas, también cada uno tenemos nuestra historia personal con los olores, aunque para nombrar una experiencia olfativa sea difícil disociarla de la percepción visual. El lenguaje es capaz de encontrar multitud de palabras para nombrar los colores y formas que perciben nuestros ojos o los sonidos que escuchan nuestros oídos, vivimos en una época donde priman la imagen y el sonido. Pero encontrar adjetivos para los distintos olores se nos hace difícil, la sociedad occidental ha marginado el sentido del olfato ya desde antiguo, por eso le falta vocabulario. Platón, Aristóteles y más cerca Kant, consideraban que el olfato y el gusto eran sentidos inferiores que nos acercaban a la animalidad, a la irracionalidad y a la oscuridad de los goces íntimos, tan mal vistos por los filósofos aliados de los poderes estatales. Porque el olfato es subversivo, por ser individual e incontrolable.

    De las teorías clásicas se concluía que el olfato no aporta conocimiento al no poder registrarlo ni acumularlo, de ahí el silenciamiento y el desprecio a este sentido que, sin embargo, en los primeros pasos del ser humano sirvió como un modo de supervivencia, al detectar con la nariz los peligros de los depredadores o la comida en mal estado o la cercanía del fuego. Añadiendo también que los recién nacidos buscan el alimento oliendo el cuerpo de la madre.

    Ha sido tanto el intento por relegar y demonizar el sentido del olfato, que se ha utilizado como discriminador a nivel religioso y social, las distinciones de clase se asocian a la fragancia de las buenas colonias entre los ricos y al olor a sudor de las clases trabajadoras o al mal olor de los viejos o de los afroamericanos. Tanto es así que solemos simplificar las categorías olfativas en “huele bien o huele mal”, atendiendo a una construcción cultural. Como curiosidad, los niños antes de los cinco años no tienen aversión a los olores, no hay olores feos ni malos para ellos.

Retrato de dama, 1864 (George Frederic Watts)

    Quería llegar a este concepto para incidir en el hecho de las aversiones al olor, determinadas por la imaginación y la cultura. Se cuenta el caso de una mujer que no soportaba el olor de una rosa, y en cierta ocasión se desmayó ante una rosa artificial. Nuestra percepción se altera por el poder malevolente que la imaginación atribuye a determinados olores y que está creada por cuestiones psicológicas y culturales. Cada sociedad ha dicho qué olores son buenos y cuáles malos. Hoy no podríamos compartir los retretes comunes de los griegos y romanos clásicos. Dudo que ellos fueran capaces de resistir dos minutos el aire de una gran ciudad actual.

    Si pensamos en el hedor de épocas antiguas desde nuestra sensibilidad higiénica actual, nos horrorizamos: el “agua va” desde las ventanas a los regatos de heces, las calles llenas de estiércol de los caballos, la falta de higiene personal por carencia de baños en las casas. Cada época ha tenido unos olores propios, y no estaría mal que algún investigador escribiese la historia desde el punto de vista de los olores. ¿A qué olían las casas de los egipcios o los mercados persas? ¿Qué emanaciones desprendían las calles de París en el tiempo de la Revolución Francesa o los puertos de los países asiáticos? Esa historia basada en los aromas, olores, prejuicios olfativos, conflictos por el comercio de sustancias aromáticas, nos ayudaría a comprender mejor los cambios y revoluciones políticas y culturales, cuya justificación fue muchas veces un estigma olfativo nacido del imaginario colectivo. Sería una bonita forma de conocer mejor la vida de los seres humanos en las etapas anteriores al proceso de desodorización.

    Desodorización, esa palabra que define nuestras sociedades modernas. Ese intento de eliminar cualquier olor natural, y que hemos convertido en el summum de los objetivos “fantasiosos” de nuestro mundo occidental. Digo fantasiosos porque es otra contradicción más de las muchas habidas en la modernidad. Mientras se utilizan toneladas de desinfectantes, desodorantes y ambientadores en cuerpos y casas, con el fin de matar los olores naturales, el aire de las ciudades huele a gases tóxicos, bastante peores y más dañinos para la salud que las emanaciones de la transpiración.

    Vivimos y pensamos de espaldas a las consecuencias de los gases que incrementan la acidez de los océanos alterando el olfato de los seres vivos marinos, perdiendo su capacidad para percibir a los depredadores o localizar a sus parejas. Lo mismo sucede con los insectos, que al subir la temperatura del aire, las moléculas olorosas de las flores se evaporan rápidamente y el insecto no encuentra el néctar de la flor perfumada, desapareciendo así la polinización.

    Estos procesos han hecho extinguir infinitos aromas, hoy ya desconocidos para siempre. La desodorización ha significado el debilitamiento de nuestras capacidades sensoriales para la olfacción. Esta pérdida de olfato está relacionada con la memoria, ya hemos dicho que los olores son llaves o máquinas del tiempo que nos transportan a épocas y experiencias pasadas. El Covid-19 jugó una mala pasada en este sentido, muchos perdieron momentáneamente el olfato. La sensación de un posible mundo distópico en el que los humanos pierdan la memoria a causa de una anosmia generalizada queda en el aire. Quizás entonces los dueños de la industria pondrán en marcha la pantalla olfatoria que transmita los olores a distancia. Todo se andará.

    Para terminar, propongo para debate un ejercicio de comunicación contándonos los principales olores que han escrito nuestra biografía personal. Indagar después en la selección de aromas buenos y malos que hicieron nuestros antepasados en las distintas épocas de la historia, sus causas y consecuencias sociales y culturales. Pensar en el futuro de la nariz que, hoy por hoy, tenemos inutilizada para detectar los peligros y la cercanía del enemigo. Será por eso que nos la dan con queso.

Eirene

jueves, 2 de mayo de 2024

TURANDOT Y LOS PRETENDIENTES

Supongo que la mayoría de los lectores de esta entrada conocerán la trama de la ópera Turandot, la obra póstuma y seguramente cumbre de Giacomo Puccini. Turandot es una princesa china que, queriendo vengar la violación y muerte de una de sus antepasadas, decide mantenerse virgen ante cualquier príncipe extranjero que pretenda desposarla. Para conseguir su propósito, exige a sus pretendientes que adivinen tres acertijos en apariencia insolubles. De manera invariable, todos los príncipes extranjeros que pretenden conquistarla atraídos por su inmensa belleza acaban bajo el hacha del verdugo. Sólo el audaz Calaf, hijo de Timur, el depuesto rey de los tártaros que mantiene en secreto su identidad convertido en mendigo, consigue por fin desentrañar los tres acertijos y, tras numerosas vicisitudes, hacerse con la mano de la princesa.

    La magnífica ópera de Puccini comparte muchas de las características de los productos culturales occidentales tan propias del orientalismo que Edward Said denunciara en su día en su famoso libro con ese mismo título. La emperatriz china es presentada como una tirana sanguinaria e implacable, caprichosa, vengativa y llena de orgullo herido y de rencor, y los pretendientes como unos pobres pardillos subyugados por su belleza que caen en la trampa de sus acertijos indescifrables. En cuanto al pueblo de Pekín, es mostrado como una masa sumisa que puede ser sacrificada hasta el último pequinés si la hija del emperador así lo desea, pues tras el éxito de Calaf al adivinar los tres acertijos, Turandot, antes que entregarse, todavía se aferra a la posibilidad que le ha dejado abierta el mismo pretendiente: si Turandot consigue descubrir su nombre, el osado extranjero será ejecutado. Y lo que Turandot hace es torturar a cualquiera que pueda saber el nombre del extranjero, para gran pánico de sus sumisos súbditos. Una de las víctimas de Turandot es la esclava Liú, quien, a pesar de saber el nombre del extranjero, prefiere la muerte antes que delatarle. Es sólo al final de la ópera cuando Turandot, seducida a su vez por Calaf, da su brazo a torcer y consiente a desposarse con el extranjero, para gran alegría de su pueblo que se libra por fin de la cólera de la hija del emperador.

    Debido justamente a la manera algo despectiva en que es representado el pueblo chino y su princesa, Turandot no fue representada en la República Popular China hasta 1998, nada menos que bajo la dirección musical de Zubin Mehta y con Zhang Yimou, el más célebre director de cine chino, en la dirección escénica.

    Pero por supuesto la recepción de la ópera en los países occidentales es muy distinta. La sublime música de Puccini, especialmente la famosísima aria “Nessun dorma” pone a las audiencias en un auténtico éxtasis musical. Y todo el público encuentra normal esa representación de la China como un país retrasado regido por gobernantes digamos “exóticos”. Esa misma sensación de perpetua superioridad cultural –¿y racial?– no parece desaparecer con el tiempo, e incluso sería quizá posible encontrar algunos paralelismos entre la trama de la opera y la situación internacional actual. ¿Acaso no son personajes como Janet Yellen o Antony Blinken dos pretendientes que han viajado a China a tratar de seducir a la princesa china? Sólo que en lugar de inspirados por el amor, y, por lo tanto, abocados a la galantería y el arte de la seducción, los modernos pretendientes se dedican a emplear las horas pasadas en Pekín amenazando a los dirigentes de un país de 1.400 millones de habitantes y con una historia de miles de años con sanciones comerciales, acoso militar, la formación de esa especie de OTAN asiática que es la llamada QUAD, compuesta por Estados Unidos, Japón, Australia y la India, etc. En definitiva, se dirigen a la moderna princesa china con unas maneras que recuerdan más a las de un acosador sexual con dejes de violador en serie que a las de un romántico pretendiente. Dentro de este contexto, la UE sería la Liú moderna, la esclava que es capaz de cualquier cosa con tal de proteger la vida y los intereses del pretendiente aún a costa de la propia vida.

    Sin embargo, los malos modos de estos modernos pretendientes no parecen haberles allanado el camino del éxito. Ni la antigua secretaria del tesoro de los Estados Unidos consiguió su propósito de que China disminuyera su producción industrial ni Blinken consiguió que China dejase de apoyar a Rusia en su guerra contra la OTAN en el escenario de Ucrania.

    En realidad, ambas pretensiones eran bastante absurdas desde el punto de vista chino. Como ha explicado hasta la saciedad el economista norteamericano Michael Hudson en sus libros y artículos, China no tiene la menor intención de seguir el modelo de economía neoliberal financiera y parasitaria tomado por Occidente, bajo la ínfula de los países anglosajones, en los años 80, sino la de convertirse en la primera potencia industrial del mundo, un logro de hecho ya conseguido alrededor del año 2014. La preocupación de los gobernantes chinos es conseguir la autosuficiencia total, no la de ser una pieza prescindible del engranaje neoliberal. Y en cuanto a la pretensión de que China se sumase al acoso occidental contra Rusia, resulta todavía más absurda puesto que los dirigentes chinos son muy conscientes de que si Occidente lograse su objetivo ya nada oculto de destruir a la Federación Rusa, China sería la siguiente en el punto de mira de los manejos de la CIA, el Pentágono y demás servicios secretos occidentales. El elocuente video en el que Xi Jinping pregunta irritado a uno de sus asistentes hasta cuando durará la visita de Blinken da la medida de hasta qué punto la moderna Turandot siente hartazgo hacia sus pretendientes occidentales. Por no hablar de la patética salida del propio Blinken del aeropuerto de Pekín, acompañado sólo por el embajador de los Estados Unidos, sin que un solo político chino acudiese a despedirle. Por otra parte, un trato no muy diferente al recibido por Ursula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea tras su excursión asiática igualmente fallida. Occidente no termina de comprender que no está tratando con una princesa caprichosa, sino con los dirigentes de un país orgulloso y harto de ser el blanco de las invasiones y ataques de los diversos países occidentales y del vecino Japón.

    Queda la paradoja de que fueron los mismos Estados Unidos los que en buena medida fomentaron la industrialización de la China en los eufóricos años 90 en los que Fukuyama y compañía celebraban el final de la Historia, apropiándose de pasada de la dialéctica hegeliana como quien rescata una moda que parecía demasiado vieja. Quizá los cerebros mentores de los think-tanks de Washington estaban tan embebidos de la idea de la superioridad congénita de la cultura y tecnología occidentales que ni siquiera se les ocurrió en aquella época en la que buscaban mano de obra barata para sus industrias que llegaría el día en que la China, pronto la India y otros países del llamado Sur Global podrían competir con Occidente por la calidad y cantidad de sus productos industriales.

    En este trance de la Historia, es el Norte Global el que parece cada día más desnortado e incapaz de superar sus propias contradicciones. Se proclama a sí mismo democrático y protector de los derechos humanos, pero no sólo apoya plenamente el genocidio cometido por Netanyahu y sus secuaces en Gaza, en uno más de sus incontables actos de hipocresía, sino que reprime de manera indiscriminada las manifestaciones de protesta ante tal monstruosidad que se producen en el mismo Occidente. Y tanto en los países anglosajones como en Alemania se ha desarrollado un nuevo maccarthismo que lleva a prohibir actos de protesta contra la masacre de Gaza, a la detención de cientos de estudiantes por defender la causa palestina y al despido de aquellos profesores universitarios y funcionarios acusados de “antisemitas” por el mero hecho de su denuncia del genocidio. Pero lo que sigue engañando a grandes capas de la población en el Occidente colectivo ya resulta inaceptable a esa auténtica comunidad internacional que ve cada vez más en el amo occidental a un rey desnudo, iracundo y cínico digno del desprecio ya no de la princesa Turandot sino del de cualquier modistilla u operaria de los miles de sweatshops que el neocolonialismo occidental ha expandido por toda Asia.

Veletri

domingo, 31 de marzo de 2024

LA CALLE ÚNICA

La calle en la que yo viví durante los primeros años de mi vida era una calle indudablemente española. O catalana de aquella época, esa Catalunya en la que el catalán seguía siendo una lengua prohibida en los círculos oficiales de la dictadura franquista. Era una calle llena de pequeños comercios; una sastrería con un sastre que hacía trajes a medida, una o dos barberías, dos o tres kioscos de prensa, algunas farmacias, un par de restaurantes de pollos asados, una pequeña pero muy frecuentada librería en la que se vendían exclusivamente obras teatrales y volúmenes de poesía, una tienda de artículos de deportes que no era Decathlon, y varios colmados que todavía no habían adoptado el absurdo nombre de supermercados (en el mundo anglosajón a esos establecimientos se les llamaría como mucho “convenience stores”).

Pero los tiempos modernos, cuya materialización urbana es la calle única neoliberal, aborrecen la auténtica diversidad con el mismo encono con el que eso que llamamos “naturaleza” aborrece el vacío, y no tienen lugar para esas excentricidades y exotismos, en especial para las excentricidades verdaderamente autóctonas. Todos los nombres y expresiones “fashion” deben ser en lengua inglesa, y esto lo saben incluso en los pequeños comercios que todavía perviven y que se apresuran a publicitar sus pequeñas ofertas como “Black Friday” y otros nombres por el estilo. Da igual que la ciudad que visites sea Roma, Barcelona, Madrid o Valladolid. De hecho, es en las arterias principales de las ciudades no muy grandes donde la globalización es todavía más palpable y asfixiante. Todo es Zara, Starbucks, Pizza Hut, Tezenis, Disney, Burger King, Deutsche Bank, Orange, Vodafone, y un larguísimo etcétera, y luego tiendas de móviles y hoteles por doquier. Ciudades como Lisboa sólo son reconocibles en sus barrios más modestos como Alfama y otros barrios más marginales, porque todo el centro de la ciudad ha sido casi totalmente gentrificado.

La gentrificación implica no sólo la sustitución de los comercios más tradicionales, sino también un auténtico apartheid o limpieza étnica urbanística, en la que las clases menos pudientes tienen que dejarles el sitio ya sea a los turistas, a los pisos patera, o a cualquier otra estratagema urbanística que poco a poco van obligando a las clases trabajadoras o “medias” a vivir en los suburbios o donde buenamente puedan. Muchas ciudades norteamericanas tienen alquileres e hipotecas sencillamente inasequibles para la mayoría de la población, y un trabajador medio necesita tener dos o quizá más empleos para poder pagar una vivienda. Sin duda esta precariedad no sólo laboral sino de vivienda es una de las causas del descenso generalizado de la natalidad en todo el Occidente, pero esto no les causa mayor inquietud a las élites occidentales, probablemente porque piensan que, gracias a la inmigración de los países bombardeados y masacrados por la OTAN o en las guerras de la OTAN –Iraq, Libia, Siria, Ucrania– siempre se encontrará carne de cañón para las guerras del futuro y, sobre todo, para la gran cruzada contra Rusia.

Barcelona es otra ciudad que ha sido gentrificada a pasos agigantados. Al no haber sido nunca capital de un imperio colonial, no contiene tantos edificios majestuosos como, por ejemplo, la Castellana de Madrid, o Lisboa, Londres, París, etc., pero su perfil urbano cada vez muestra más similitudes con el de esa calle única que es compañera inseparable del pensamiento único. Los edificios de Gaudí son los pozos de petróleo de Barcelona. Su principal fuente de ingresos. Pero la aparición de un nuevo Gaudí sería del todo impensable en el marco de la arquitectura minimalista, funcionalista y deshumanizada de nuestros días, muy poco dada a cualquier majestuosidad que no sea deliberadamente cutre, como por ejemplo ese pene gigantesco que es la Torre Agbar. ¿Una torre pensada para engendrar un mundo o para engendrar un aborto?

Los principales enemigos de la calle única suelen ser, en gran medida, esos a los que Hillary Clinton llamaba “the deplorable”. Los deplorables. Aquellos que se resisten a abandonar sus viviendas de toda la vida, principalmente cuando ya han llegado a edades tan avanzadas que les resulta impensable buscarse un nuevo futuro. Son el equivalente urbano de las decenas de miles de agricultores de toda Europa que se están manifestando contra las leyes que favorecen a los productos ucranianos, israelíes y marroquíes y demás países no europeos. Esos que no tienen el suficiente poder como para hacer valer sus puntos de vista y sus intereses, pero a la vez son demasiado numerosos para ser silenciados por completo, como al sistema totalitario neoliberal le gustaría. Si bien el neoliberalismo no tolera la auténtica disidencia, le conviene acomodarse –eso sí, dentro de un orden– con el derecho a la pataleta, pues de alguna manera tiene que justificar que es liberal, en contraste con las “inhumanas” dictaduras rusa o china. Los predecesores lejanos pero imprescindibles de los descontentos de hoy en día fueron los sindicalistas mineros británicos y los controladores aéreos norteamericanos, machacados en su día por Thatcher y Reagan y satanizados por el aparato mediático del sistema, lo mismo que ahora. En un planeta que se acerca a pasos agigantados al escenario representado en la película “Elysium” (2013) no es de esperar que estos movimientos de resistencia tengan mucho éxito. Blackrock, Vanguard y otros fondos buitre que manejan a los políticos tienen una gran ventaja sobre los movimientos ciudadanos que se oponen al proceso de la calle única, movimientos siempre improvisados, de difícil organización y expuestos a los ataques del sistema por las más variadas vías. Lo que podríamos llamar la gentrificación de las zonas rurales, en realidad un fenómeno complementario de la gentrificación de la calle única, es promovida por compañías como Bayer, Google, Microsoft, BASF, Syngenta, etc. –el mayor propietario rural de Estados Unidos, como se sabe, no es otro que Bill Gates–, y está encontrando en Ucrania, ese gran laboratorio de pruebas del nazismo del siglo XXI respaldado hasta el último ucraniano y pronto hasta el último europeo por el Occidente colectivo, su mayor víctima, eso sí, una víctima disfrazada de cliente. Ucrania no sólo está pagando su guerra con cientos de miles de muertos, además ha entregado por completo su futuro a las grandes compañías globales.

En este contexto, podría pensarse que el genocidio que está teniendo lugar en Gaza es otro ejercicio colonialista de gentrificación. Dos millones de palestinos están siendo bombardeados y desplazados de sus hogares por el mismo Occidente colectivo, cuyo brazo ejecutor en esta ocasión no es otro que el supremacismo sionista, al que no se puede criticar de ninguna manera en “democracias tan avanzadas” como USA, Gran Bretaña o Alemania, ese país que ha demostrado sobradamente a lo largo de su historia su agudeza al distinguir un genocidio de lo que no lo es. El petróleo que se encuentra en Gaza, así pues, no será comercializado por la población originaria árabe, sino por el estado israelí tras esta enorme segunda nakba. Como dijera el innombrable Karl Marx, no hay nada tan revolucionario como el capitalismo.

Veletri

sábado, 16 de marzo de 2024

Pequeña historia de los surcos de la tierra

Como en los días en los que tras la tormenta se escucha la respiración lenta de los bosques, así los sueños humanos se aletargan después de algún temblor que hizo añicos alguna realidad laboriosamente creada. Por la misma senda caminan los avatares humanos y los vientres venosos de la tierra.

No voy a recrearme en una descripción bucólica y pastoril de los paisajes naturales, sino en la vida agrícola, su historia, avatares y abandonos, sueños, miedos, errores (base de nuestras verdades), pero también de violencia. Demasiadas veces los campesinos han sido traicionados por los que se erigen en dueños de la tierra, del agua, del viento y hasta del sol.

La tierra siempre ha estado amenazada por atmósferas de dominio. “En mi hambre mando yo”, dijo el jornalero al cacique que le tiraba unas monedas para comprarle un voto. Una historia larga de luchas y conquistas frente a los señores, pero también frente al menosprecio de las ciudades que se adjudicaron el título de la “civilización”, de la que excluían a los campesinos.

El dictador fue cruel con la España rural, ejerció un maltrato persistente sobre la forma de vida de los pueblos. Millones de personas subieron a los trenes y autobuses que los llevarían a Madrid, Barcelona o Bilbao, a formar parte de las masas proletarias o de la marginación en las chabolas. Queda la memoria y el dramatismo de quienes dejaban atrás su casa, sus tierras, sus herramientas, sus pueblos y ríos, y se hacinaban en los extrarradios de las grandes acumulaciones de población, enfrentados a los estigmas y al desamparo. Eran los años 50 y 60, la época llamada del desarrollismo. Necesitaban mano de obra para las grandes industrias. Los pueblos de la geografía hispana se fueron vaciando, y los que no lo hicieron por voluntad propia, el dictador los anegó, sepultando valles completos que habían proporcionado alimento a miles de habitantes y ganados. Cientos de aldeas desaparecieron bajo el agua y muchos más se quedaron sin actividad económica. Hoy forman parte de un paisaje espectral que aparece y desaparece, cuando las aguas bajan o suben de nivel.

Aceredo (Ourense) emergido por la bajada del embalse de Lindoso

Más tarde llegó el gigante europeo. Un día, en una habitación lejana, se decidió el arranque, la destrucción de las plantas trabajadas. Eran los olivos, y las blancas flores de azahar de los naranjos. Eran las vides y las frutas y la leche alimentada por la verdura espesa de los praos. Eran los cereales y la constancia de las tierras rojas y ocres bajo los cielos extensos de las mesetas de aire limpio. Eran las sombras redondas de los pumares astures y los almendros que habían tardado cincuenta o sesenta años en adquirir su presencia estética, todos ellos fueron arrancados por máquinas cuyo mando final está en Bruselas.

En un alarde de vanidad el gigante le declaró la guerra a la tierra. Y tras la guerra, el destierro y las justificaciones para tratar de convencernos de no pensar que no se comen ladrillos sino tomates, que no son románticos los desterrados sino gentes que ordeñaban las vacas, que generaban buenos pastos subiendo a sus ovejas al monte, que prevenían los fuegos, que alimentaban a las ciudades.

Haciendo un símil con la vida del mar, a un marino le parece que un barco se siente desdichado cuando no tiene agua bajo la quilla. Igualmente un campesino al que le es arrebatada la tierra se siente el más infeliz de los humanos.

Máquinas arrancando olivos para poner placas solares

Les pagaron con absurdas explicaciones. “Hecatombe” es la palabra, que en tiempo de Ulises significaba el sacrificio de cien bueyes. Pero esta vez no hubo dioses complacidos ni agradecidos, los dioses de ahora son inestables (la religión del dinero).

Ya en la ciudad, los serios representantes de la cultura fabricaron el estigma rural, inventaron personajes brutales, supuesto mundo de rencillas, crímenes, irracionalidad, odios. Era la forma de olvidar a los propios fantasmas de la urbe: la miseria, la violencia, el crimen, el hambre, la soledad, la monotonía de vidas que solo conocen el camino de ida y vuelta que los lleva a un trabajo generalmente nada gratificante.

Ni boina ni paleto, mi me midas ni me retrates, no vengas de la ciudad a convertirme en un mito o a cosificarme como un objeto etnológico. Las teorías de medición de la inteligencia han pasado a mejor vida. ¿Quién osa decir que los habitantes de las zonas rurales tienen una cultura menos desarrollada que los que toman aire contaminante cada mañana en las ciudades? ¿Acaso es mejor opción para la vida habitar edificios como cajas de cerillas, salir de casa y tener líneas, aceras y semáforos que te pautan los pasos, enjaularte en una lata de ruedas? ¿Acaso requiere menos movimiento del cerebro el trabajo de la siembra y la cosecha de alimentos para toda la población?

La vida del campesino está ligada a nuestro bienestar, cuando él desaparece vemos las grandes extensiones tratadas con herbicidas (van en paquete las semillas, los tóxicos y las grandes corporaciones), adiós a las abejas, adiós a las mariposas y a las luciérnagas, los insectos ya están en manos de los grandes propietarios para darnos de comer grillos criados por millones en naves destinadas al negocio de la alimentación. El capitalismo todo lo convierte en mercancía, hasta nuestros estómagos son pasto de los grandes señores de la tierra.

Dudo de nuestra debilidad porque no todo está escrito. Los surcos desaparecen pero la tierra aún respira. Y aún comemos patatas, no ladrillos.

Eirene

viernes, 15 de marzo de 2024

Cine forum 3: ¿Zona de interés?

 Buenas tardes:

Están ustedes invitad@s a una sesión continua de cine, con la película  oscarizada y de "rabiosa actualidad" que es La zona de interés", enésima película de nazis y judíos pobres exterminados.

No puede evitar pensar, como su director, que hay demasiados terribles paralelismos entre el 1943 y este 2024, empezando por el poder del Sistema capitalista y siguiendo por la pasividad de la clase obrera.

https://cinemalversa.livejournal.com/346413.html


lunes, 11 de marzo de 2024

CINEFORUM 2: EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS

 Buenas noches:

Pasamos a la segunda y tercera películas, homónimas:

EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS

https://ok.ru/video/2695673350853

https://www.tokyvideo.com/es/video/el-callejon-de-las-almas-perdidas-2021-3

Las películas antiguas (1947) me gustan en su sobriedad, en que no son complacientes y tuvieron magníficos guionistas que huyeron del fascismo.

Guillermo del Toro (2021) es de los mejores directores actuales, sin duda.
SE SUBE EL TELÓN... empieza la conversación...