El Oráculo de Delfos era considerado el centro del mundo, un negocio que se aprovechaba de los crédulos. La pitonisa de mi pueblo tenía espías que le servían para “adivinar” las historias que ocurrían entre los habitantes. La IA es el negocio de los siglos, la tecnología que ha unido en la misma persona al espía, al profeta y al crédulo.
Cada uno de los tres negocios tiene características propias y semejantes, salvando la distancia del tiempo y la evolución social (aunque no tengo muy claro que los crédulos de la antigua Grecia se diferencien mucho de los clientes de mi convecina o de los usuarios permanentes del ChatGPT).
El primero de los negocios que cito, el oráculo de Delfos, no tenía nada de espiritual, concentraba a peregrinos de todas partes que durante el tiempo destinado a las consultas, gastaban en posadas, tabernas y tiendas, durante varios días, mientras esperaban que Pitia les diese respuesta a sus preguntas, sin ser conscientes de que los sacerdotes (esos amasadores de dinero) adquirían información privilegiada a costa de las historias que les contaba cada peregrino que, al final era el portador de las noticias que servían al oráculo y a todo el entramado de negocios que vivían del cuento. Las consultas tenían lugar una vez al mes durante nueve meses al año, o anualmente, lo que favorecía así la práctica “adivinatoria” de los mangantes sacerdotes, al disponer de más tiempo para acumular información.
La tasa de consulta era el impuesto a pagar en forma de monedas o tortas de harina, los habitantes de la polis pagaban sumas más altas que los particulares, a veces con tesoros que se guardaban en Delfos funcionando como un banco.
Así se realizaba en la Antigua Grecia el control social, el económico y también el político, pues los reyes y generales esperaban de Pitia la bendición o sanción divina que justificase sus acciones políticas y de los sacerdotes el oportuno consejo en todo tipo de cuestiones, personal, económica, política o de cualquier índole que no contrapusiera el orden social establecido.
En cuanto a la pitonisa de mi pueblo, llegó a tener un gran negocio, su fama de adivinación se extendió por todo el conceyu, venían de todas partes porque la verdad es que su capacidad de predicción era inmejorable. De lo que no era consciente el personal que pedía cita para preguntarle por su futuro, era que de cada uno sacaba más información que un cura en el confesionario. Conocía las historias familiares, las amistades, las relaciones, los afectos, los miedos, los amores, las enfermedades de todo el pueblo, así pues no le era difícil, al igual que a los sacerdotes de Delfos, saber de qué pie cojeaba cada uno y lo que querían escuchar. Llegó a tener tanto poder oculto que el cura quiso denunciar esas prácticas, pero la buena (o pícara) señora se jubiló y marchó con sus muchos dineros a la ciudad donde nadie la reconocería. No se volvió a hablar de ella.
Y llegamos a la IA, esa cosa que nada tiene que ver con la inteligencia, esa cosa que ni siquiera es cosa, sino un negocio mejor montado que los dos anteriores, aunque con el mismo esquema: espía-profeta-crédulos. Mejor montado porque es global, se extiende a todo el planeta y lo avalan y controlan las dos grandes hegemonías.
Hoy el crédulo es el portador mismo de información, es el espía y es su propio profeta. No hay un día de reunión al año como en Delfos, ni una cita como la de la pitonisa de mi pueblo, hoy millones de mensajes circulan cada segundo ofreciendo información y buscando recibir la respuesta que cada uno espera de la complaciente IA.
Algunas opiniones, al igual que en los dos casos anteriores, expresan que lo malo no es la herramienta sino la forma de usarla. Son los más crédulos, los que aún no se han convencido que el negocio es el negocio y lo que caracteriza a la IA es que las grandes tecnológicas han conseguido desviar la responsabilidad legal y moral hacia un ente que no tiene presencia, ni existencia física, y por tanto no tiene responsabilidad moral alguna. Este es el gran hallazgo de los negociantes del siglo XXI, y es la gran diferencia con los sacerdotes de Delfos y con la pitonisa de mi pueblo, que podían recibir protestas o denuncias si la predicción no era exacta o se intuía una mala praxis. Pero la IA no tiene conciencia ni presencia ni autoría, de ahí que el negocio sea la cumbre de todos los negocios y el invento, el mayor tesoro para las grandes tecnológicas que aspiran a gobernar (si es que no lo hacen ya) todo el planeta.
Otra opinión muy común es la que dedica a la IA la facultad de “ser una buena herramienta para la Medicina”. Pero los científicos están descubriendo que la IA comete errores graves. Un artículo de la revista Science y muchos estudios de investigadores médicos de diversas universidades han demostrado que la IA tiene una tasa de errores del 20%, que ha costado la vida a pacientes, tanto a nivel de orientación individual de complacencia (esta es la “cualidad” más característica de la IA) dando diagnósticos incorrectos, como a nivel de datos falsos y alucinatorios que confunden órganos fisiológicos, diagnósticos que no tienen en cuenta a las minorías geográficas o étnicas. Concluyen las investigaciones y estudios exponiendo que la IA carece de razonamiento clínico real y de transparencia.
Para terminar, aunque no sea nada relevante mi opinión, me posiciono a favor de la explosión de los sentidos, de la recuperación de las funciones que fuimos perdiendo a lo largo de las malas decisiones que tomamos como sociedad, del cuidado del cerebro y de ese otro cerebro, el corazón, al que apenas conocemos más que con las cuatro frases milongueras de algunos poetas floridos, y que es el pulso de la vida, el rey de la mente, el que abre las puertas de la percepción cambiante y fluida, como el río del que nos habla Borges: “El tiempo es un río, pero yo soy ese río”.
Eirene

















