Las jóvenes generaciones no leen El Quijote. En realidad, leen pocas cosas, pero mucho menos una novela del siglo XVII que no puede enseñarles nada. Ni siquiera cómo formatear su móvil. Por supuesto que hay excepciones, pero la mayoría no soportan el abuso de que se les imponga El Quijote como lectura de bachillerato. No sólo es enojoso leer el castellano de la época de Cervantes, sino que verdaderamente ¿cómo vas a comparar al enjuto hidalgo manchego con Spiderman, Superman, el Capitán América, Batman, Los cuatro fantásticos y otros superhéroes llenos de superpoderes y probablemente incluso más reales? A esta mayoría de personas, el sentido del humor cervantino les resbala, o sencillamente no lo entienden ni tienen la menor gana de entenderlo. Y tampoco se les ocurre la idea de que, tal vez, el 90% de la ciencia ficción hoy tan en boga dentro de dos siglos parecerá tan disparatada como lo eran ya en época de Cervantes los libros de caballerías. Pero justamente por eso ya no tiene ningún sentido disfrutar con una parodia de los libros de caballerías, porque la misma burla se ha hecho vieja, razonan ellos.
Luego están los puritanos del wokismo, que no soportan los obvios devaneos machistas y racistas de los personajes de la época, de la misma manera que los woke ingleses persiguen con mucha mayor saña e intensidad a William Shakespeare, acusándole de antisemitismo –¡Qué horror! ¡Antisemitismo!– entre otras muchas cosas. “El mercader de Venecia”, esa obra en la que un mercader judío exige libras de carne humana en pago de una deuda, les parece una calumnia inaceptable dirigida a una comunidad étnica que, como todos sabemos, nunca ha roto un plato. De ahí que algunos en el Reino Unido quieran expulsar los textos shakesperianos del curriculum universitario, algo que probablemente acabarán logrando más tarde o más temprano.
Como España no es todavía lo bastante woke como para que esto suceda, nadie se ha atrevido todavía a sugerir la quema de los libros de Cervantes como sí hizo el famoso cura con los libros de caballerías del pobre Alonso Quijano. Pero eso sí, incluso el Instituto Cervantes anda ya buscando las maneras de reconciliar el Quijote con el feminismo e incluso con la ecología, que sin duda era un tema candente a principios del siglo XVII, cuando la Naturaleza todavía estaba casi intacta. Como una prueba del feminismo de Cervantes se muestra el personaje de Marcela, en la primera parte del Quijote, una mujer que prefiere vivir sola en los montes guiando un rebaño de ovejas a la convivencia con un hombre. De hecho, en la obra cervantina puede encontrarse este ejemplo de feminismo “avant la lettre” como puede encontrarse todo lo contrario, por ejemplo en la novela ejemplar “La fuerza de la sangre”, en la que el final feliz diseñado por Cervantes consiste en una mujer que acaba casándose con el caballero que la ha secuestrado y violado, una solución que posiblemente ni siquiera el más radical de los voxeros de nuestro tiempo se atrevería a defender en público. También se insiste en la supuesta homosexualidad de Cervantes como una manera más de mejorar su pedigrí woke, tal y como se ha hecho en la reciente película “El cautivo”, dirigida por Alejandro Amenábar.
Pero justamente aquí radican las dificultades del presentismo literario; el pretender hacer un juicio moral o intelectual de las obras literarias escritas en tiempos pasados desde la perspectiva de la lógica y ética actuales. ¿Para qué van a interesarnos las epopeyas homéricas si sabemos que todos los dioses de la Grecia clásica eran falsos y los conocimientos y las creencias de los hombres de aquella época eran tan primitivos comparados con los nuestros? ¿Qué sentido tiene leer “La divina comedia” de Dante, cuando ya nadie cree en el infierno, el purgatorio o el cielo? Esta especie de chauvinismo generacional, que sólo valora los productos culturales producidos en el presente y sólo tolera las obras literarias del pasado en la medida en que comulgan con las ideas actuales, impide no sólo examinar desde un punto de vista más crítico la literatura actual, que quizá no sea tan excelente, sino que impide también darse cuenta de las tremendas similitudes entre las épocas pasadas y las actuales a pesar de las apariencias. Por ejemplo, en las novelas de Torquemada de Benito Pérez Galdós encontramos un precedente perfecto del cenagal de corrupción del Madrid de Isabel Díaz Ayuso. Como dice el proverbio francés, “plus ça change, plus c´est la même chose”.
Pero volviendo a nuestro Quijote, las interpretaciones sobre la obra cervantina han ido variando de manera considerable de generación en generación. La que durante dos siglos fue considerada simplemente como una novela satírica y divertida, empezó a ser vista, especialmente por los románticos alemanes, como una especie de reivindicación del idealismo y la utopía. Lejos de ser un personaje digno de chanza, el Quijote debía considerarse como una especie de trágico héroe incomprendido que se rebelaba contra las injusticias e incluso contra los horrores de la modernidad, esa modernidad que había diseñado unas armas de fuego que hacían vulnerable e impotente a cualquier caballero andante, víctima propiciatoria del primer malandrín armado con una pistola.
Tampoco faltan los que ven en el Quijote una metáfora de la decadencia del poder español. El mismo Quijote, una especie de hidalgo parasitario inconsciente de su propia condición social, encarnaría unos valores ya desfasados en la época del Renacimiento europeo y el antiguo soldado Cervantes tendría la suficiente lucidez para denunciar esta situación, aunque fuera de manera metafórica. El libro que hizo reír a muchos españoles de su época sería en realidad una especie de denuncia social bajo la relativamente inocente apariencia de ser una crítica feroz de los libros de caballerías.
Aparte de todas estas interpretaciones, el Quijote también ha tenido sus detractores, como por ejemplo Vladimir Nabokov, quien afirmaba que la novela estaba “ensuciada” por una crueldad física y mental sistemática, tanto hacia el caballero como hacia su escudero, comparándola con una farsa medieval brutal. Además, Nabokov señalaba algunas deficiencias estructurales e incoherencias narrativas bastante obvias, algunas de las cuales ya habían sido señaladas anteriormente por numerosos críticos. Añadía el novelista y erudito de origen ruso pero nacionalizado estadounidense que la historia se desarrollaba bajo un fondo de ficción deficiente. En un momento dado de su curso sobre el Quijote, Nabokov llega a echarle en cara a Cervantes un deficiente conocimiento de la geografía española, un reproche cuando menos sorprendente considerando que Cervantes recorrió infinidad de veces casi toda España dada su profesión de recaudador de impuestos. Borges, por el contrario, se deshizo en elogios sobre la obra cervantina, considerándola una obra de caballerías “rarísima” y de gran complejidad y profundidad.
Sin embargo, personajes mucho más estrafalarios que Nabokov o Borges no se han abstenido en absoluto de dar también su opinión sobre el Quijote. Por citar un ejemplo, existe en Barcelona un tal Ignatius Veletris quien sostiene contra viento y marea que el principal error de la inmensa mayoría de los críticos del Quijote consiste en no tomarse en serio lo que dice el propio Cervantes. Dicho de otra forma: cuando Cervantes dice que su principal propósito es burlarse de los libros de caballerías y contribuir a su desaparición, lo dice de veras. Añade además el bastante desquiciado Veletris que los libros de caballerías estaban en el punto de mira no sólo de Cervantes, sino de un sector importante y muy influyente de lo que podríamos llamar la “intelligentsia” española de la época, que consideraba que las hazañas reales de la conquista de América o del mismo Cid Campeador eran mucho más dignas de leerse que las fábulas disparatadas contenidas en los libros de caballerías medievales. Insiste además el tal Veletris en la importancia, a su juicio esencial, del capítulo XLVIII de la primera parte de la obra, en el que el personaje de un canónigo metido con calzador en los últimos tramos de una novela que en principio no estaba destinada a tener una segunda parte, lanza toda una disquisición sobre teoría literaria y teatral, en la que arremete ya no sólo contra los libros de caballerías, sino también y de manera principal contra las obras de teatro que se apartan de las normas de las obras clásicas con su conocida unidad de tiempo acción y lugar, heredada de la dramaturgia griega. En ese capítulo, según el infortunado y repudiado Veletris, el dramaturgo fracasado Cervantes le dirige unos dardos muy discretamente lanzados bajo la apariencia de alabanza al muy exitoso Lope de Vega, rey absoluto del teatro español de su tiempo, y cuyas obras eran representadas por doquier mientras que Cervantes ni siquiera conseguía estrenar la mayoría de las suyas. En definitiva, los objetivos principales del autor del Quijote, al menos en la primera parte de la obra, no habrían sido otros que, en efecto, hacer una sátira muy divertida y destructiva de los libros de caballerías y ajustar cuentas con su eterno rival Lope de Vega. Los desvaríos del tal Veletris son todavía bastante más extensos, pero por fortuna en la actualidad sólo tienen que escucharlos, muy a su pesar, los enfermeros de la clínica para pacientes mentales en la que actualmente se encuentra recluido. Si bien es cierto que cualquier interpretación errónea del Quijote es una mancha que de alguna manera contamina la obra cervantina, la del tal Veletris además apesta y necesita ser borrada con mucha lejía.
Veletri













