Durante la larga sequía de los años 2024-25 a los asesores publicitarios de la Generalitat de Catalunya se les ocurrió un eslogan genial: “L’aigua no cau del cel”. Los posters y enormes carteles con el eslogan de esta campaña se extendieron por toda Catalunya. La idea era concienciar a la ciudadanía de que, debido al imparable cambio climático, el uso del agua tenía que ser más prudente y restrictivo que nunca, posiblemente incluso en los campos de golf, aunque estos no eran mencionados de manera expresa. ¿De dónde caía el agua entonces? ¿La traía la Sexta Flota de los Estados Unidos en una escuadra de buques cisterna? ¿Era quizá un regalo de las plantas desaladoras israelíes? Fuera como fuese, la verdad es que el eslogan en cuestión quedó algo desacreditado cuando las lluvias torrenciales del invierno del 25 y la primavera del 26 demostraron que el agua, en efecto, caía del cielo, detalle que las cabezas pensantes del gobierno autonómico posiblemente olvidaron debido a sus muchas ocupaciones en pro de la patria catalana.
Pero si la Generalitat de Catalunya es capaz de encontrar eslóganes de una maravillosa inexactitud pero sin duda impactantes, el ayuntamiento de Barcelona, dirigido por el molt lamentable batlle (alcalde) Sr. Collboní, encuentra siempre la manera de superarla con creces. Este es el eslogan que puede verse en las vallas de las interminables obras realizadas en Les Rambles de Barcelona:
Més Rambla que maiConnectada amb els barris i el mar
Amb zones de estada, ombres i espai per passejar
Reconozco que el uso del tipo de letra Comic Sans es cosa mía, pero en todo caso me parece el más apropiado para el texto en sí. Particularmente chocante es la frase “Connectada amb els barris i el mar”. ¿Qué se pretende dar a entender con esta pirueta del más depurado y ortodoxo double-talk orwelliano? ¿Que el actual equipo municipal ha robado las aguas del Mediterráneo de las costas de algún país vecino y las ha traído a las nuestras? Porque que yo sepa, Les Rambles siempre se han extendido desde la Plaza Catalunya hasta el monumento a Colón con la eterna presencia del mar como telón de fondo. No hay nada nuevo en eso. Y cualquiera que haya estado en Les Rambles ni siquiera una vez, sabe que, en efecto, esta arteria urbana ahora casi seccionada, siempre ha sido la zona limítrofe entre lo que hoy conocemos como Ciutat Vella i el Barri Gótic con su famosa Plaza Real. Y sí, Les Rambles siempre han sido un lugar pensado para el paseo relajado y una cierta presencia bohemia que en los tres últimos años –y lo que falta– se han transformado en un paisaje muy parecido al de Mariupol en plena guerra, con vallas y trincheras por todas partes y con los transeúntes, casi todos extranjeros indiferentes al destino de la ciudad, teniendo que cruzar semejante laberinto de ruinas de la mejor manera posible. Eso sí; el eslogan en cuestión haría palidecer de envidia al mismísimo Edward Bernays y a su aventajado discípulo Joseph Goebbels y quizá dejado en el paro al Don Draper de Mad Men, incapaz de competir con semejante obra maestra de la tergiversación cognitiva. Cuando se utiliza este tipo de propaganda, lo primero que sospecha uno es que no sólo la merluza que tiene a la vista está podrida, sino que la pescadería entera es un vertedero de basura. Pero este tipo de cambalache dialéctico suele ser asumido de una manera acrítica por una gran parte de la población.
Dice la sabiduría popular que no hay que cambiar lo que funciona, pero al parecer Les Rambles no alcanzaban los baremos de supuesta excelencia de los tecnócratas que gobiernan la ciudad. Si a mí me hubieran preguntado qué podría justificar mantener a Les Rambles secuestradas en un estado de ruina total durante más de tres años, yo habría respondido que sólo erigir algo parecido a los jardines de Babilonia sería compensación suficiente. Pero los próceres de la ciudad han desdeñado tanto lo babilónico como lo faraónico, y se han dedicado con entusiasmo a la perpetración de lo macarrónico. La única ganancia visible para la ciudadanía serán unos cuantos metros cuadrados más de acera que sin duda pronto serán engullidos por las terrazas de los bares de la zona.
También podría hablarse del famoso precepto de Hipócrates sólo que aplicado a la urbanística: “Primum non nocere”. Lo primero es no hacer daño. Dicho de otra forma: ¿La reforma de Les Rambles justificaba todo el daño y las molestias causadas? Pero más que la de Hipócrates, la lógica aplicada parece ser una especie de cruce entre las buenas mañas de Pepe Gotera y Otilio y las prácticas médicas del doctor Kevorkian. Les Rambles eran el símbolo mismo de la “Ciutat Morta” –ese famoso y tan odiado documental al que volveré más adelante– y, por lo tanto, lo que procede en estos casos es la eutanasia. Así que no hay nada de malo en que los Collboní boys le hayan dado a Les Rambles el mismo trato que Jack el Destripador a las mujeres de Whitechapel degollando todas sus entrañas. De hecho, el mismo nombre de “Les Rambles” ¿no podría sugerir algo así como el mote o nom de guerre de un clan de prostitutas de medio pelo como las que el ayuntamiento de Barcelona ha venido hostigando durante las últimas décadas?
Uno se imagina al joven Collboní en su habitación frente a un enorme póster del difunto alcalde Porcioles, –de la misma forma que otros tenían en su habitación pósteres de David Bowie, Michael Jackson o Madonna–, jurándose a sí mismo que iba a superar la obra de ese ínclito alcalde del tardofranquismo. Porque si su trato de Les Rambles y del urbanismo en general ha sido digno de los cerebros que diseñaron Bellvitge, sus relaciones con casi todos los movimientos vecinales y/o sociales que mostraran el menor signo de disidencia política han sido de acoso y amenaza de desahucio permanente, claro que eso no es culpa suya sino “del mercado” o la inefable Sareb. L’Agora, Metzineres, L’Hort de Gràcia son sólo algunas de las entidades que han sufrido las más implacables técnicas del mobbing inmobiliario y la gentrificación. Es cierto que se trata de entidades desconocidas para el gran público, pero justamente esos pequeños reductos de resistencia son la savia del espíritu rebelde que, no sólo desde la época del Noi del Sucre y el anarquismo, sino desde la remota época medieval ha persistido en la ciudad junto y frente a la igualmente incombustible “Barcelona posa’t guapa” y sus innumerables disfraces a través de las épocas.
Una manera brillante que podría encontrar el actual equipo municipal de rematar su obra sería convertir el monumento a Colón en un gigantesco bazar de tiendas de souvenirs rellenas de miniaturas de toros ibéricos con la bandera de España, camisetas de todos los equipos de fútbol del mundo y, sobre todo, muchas pequeñas tiendas de móviles y chiringuitos cutres con el letrero de “supermarkets” en la puerta, como si hubiera pocos en la ciudad, todo ello para deleite de los guiris doctorados en encuentros horteras en la tercera fase. Barcelona posa’t guapa. Desde un punto de vista práctico, quizá sería mejor derribar la estatua entera y erigir todo ese complejo de chiringuitos en su lugar, pero las protestas por semejante afrenta hecha al descubridor de las Américas sería un riesgo político que ni siquiera un ayuntamiento independentista se atrevería a afrontar. Creatividad no les falta a los próceres municipales, pero es mejor no meterse en ciertos galimatías.
De todos modos, nada es descartable en la Ciutat Morta de las obras absurdas e interminables y las “cites previes”, ese gran invento de la época de la pandemia que hoy hace aparecer a los chupatintas del relato “Vuelva usted mañana”, del casi totalmente olvidado Mariano José de Larra como unos auténticos nenes de primera comunión. Si bien la gentrificación es un fenómeno que afecta a toda Europa, ninguna ciudad del continente ha vendido su alma a tan bajo precio como Barcelona. En París, por ejemplo, los colmados de barrio de toda la vida se siguen llamando “épiceries”, no “supermarkets”. Cierto que despilfarrar el dinero es una prerrogativa de la administración pública, ya se sabe, pero también es sabido que siempre hay inversiones más rentables que otras. Sustituir las baldosas onduladas de Les Rambles por unas losas grises de tono fúnebre –sólo se ha respetado el mosaico de Joan Miró– parece el colmo de la futilidad. Quién sabe si a medio plazo no sería más útil incluso instalar un par de depuradoras de agua marina al estilo israelí por si algún día, gracias al cambio climático, “l’aigua no cau del cel i ens morim de set”.
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