Imagina una cita a ciegas entre un fanático de las fronteras militarizadas y un tipo que vendería hasta lo invendible si el mercado lo demanda. A priori, encajan tanto como el agua y el aceite. Uno suspira por un Estado gigantesco y musculoso que imponga la tradición a garrotazos, y el otro fantasea con privatizar hasta las carreteras y borrar al Estado del mapa. Hace veinte años, verlos compartir cama ideológica habría provocado carcajadas, pero hoy son la extraña pareja de moda a nivel mundial.
¿Qué une a dos personas que, en teoría, no deberían ni dirigirse la palabra? Lo de siempre: odiar profundamente al mismo vecino. Ambos detestan el orden establecido. Para el ultraderechista, son los cosmopolitas que amenazan la sagrada identidad nacional; para el anarcocapitalista, son los molestos burócratas que no le dejan disfrutar de su libre mercado absoluto. Pero su verdadero pegamento es la alergia compartida al Estado social y a cualquier cosa que huela a igualdad o a izquierda. Uno ve los impuestos como un subsidio para mantener "vagos", y el otro como un atraco a mano armada contra su sagrada propiedad privada. Motivos distintos, pero ambos se llevan la mano a la cartera con el mismo terror.
Así que se inventaron una cantinela corta para no aburrir en los mítines: «menos Estado, más libertad». Claro que la palabra "libertad" la usan como un comodín maravilloso. Para unos significa recortar los derechos de las minorías sin que nadie les moleste con la corrección política, y para los otros, poder mercantilizar la vida entera. El pacto no escrito es una joya del funambulismo político: "tú me ayudas con lo económico bajando impuestos y quitando regulaciones, y yo te ayudo con lo identitario envuelto en una bandera". Pueden pedir que se dinamite el banco central un lunes y exigir mano dura contra la inmigración el martes, sin despeinarse.
Todo este idilio ha florecido, cómo no, en las pistas de baile de las redes sociales y los pódcasts. Entras a ver un vídeo sobre por qué pagar impuestos es un robo y, sin darte cuenta, el algoritmo te ha colado una charla sobre la protección de la soberanía nacional. Gracias a este caldo de cultivo de incertidumbre y crisis, esta receta mágica que promete empezar de cero arrasa en las urnas desde Estados Unidos y Brasil hasta Italia y Argentina. Se venden con un barniz moderno y rebelde, cuando en realidad es el viejo cuento de siempre: desmantelar lo público para engordar y reforzar a los poderosos.
Pero como en todo matrimonio basado en las apariencias, la luna de miel tiene fecha de caducidad. Las preguntas incómodas se acumulan: ¿Quién paga un ejército sin recaudar impuestos? ¿Cómo mantienes las fronteras cerradas a cal y canto si eliminas el Estado que las vigila? ¿Y qué cara se le queda al ultranacionalista cuando el sacrosanto mercado permite que una empresa extranjera compre medio país sin regulación? En la oposición, todo esto se esconde bajo la alfombra, pero al llegar al poder saltan las costuras: los ultraderechistas descubren que lo de destruir el Estado iba en serio, y los anarcocapitalistas se dan cuenta de que el nacionalismo sale por un ojo de la cara.
Al final, esto es una alianza puramente táctica. El día después de ganar, sus proyectos son incompatibles y el choque de trenes está garantizado. Se necesitan mutuamente para crecer parasitando el desencanto, demostrando que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", al menos un rato. Aunque su futuro juntos pinte inestable, ya han cambiado las reglas del juego, desdibujando las líneas políticas de toda la vida y sacrificando cualquier atisbo de coherencia por un puñado de votos. Nos guste o no, nos toca aprender a lidiar con este nuevo panorama donde las alianzas más marcianas y contradictorias no solo son posibles, sino que nos acabarán gobernando.
Luisyfer



















