Niscemi es un pequeño pueblo de Sicilia de mil quinientos habitantes. Debido a los últimos temporales ha quedado al borde de un precipicio de cien metros, por donde muchas casas se han despeñado y otras, como la biblioteca, mantienen parte del edificio suspendido en el vacío. Los más de cuatro mil libros que contiene esta pequeña biblioteca se hallan en el sótano, lugar de imposible acceso en las condiciones en las que quedó por el deslizamiento, con riesgo de caer al abismo por cualquier mínimo temblor.
Se me antoja una metáfora del mundo actual, también abocado al abismo.
Por otro tipo de temporales, se halla en la misma situación la sociedad actual, y no digamos la cultura, que hace tiempo habita junto a precipicios arriesgados adónde ya nadie puede entrar sin que peligre su vida. El sótano donde se halla la memoria colectiva está ocupado por devoradores dedicados a destruir los relatos, ya no se cuidan de manipularlos o cambiarlos como en otras épocas de la historia, ni se conforman con aplicar el borrado de la memoria (la damnatio memoriae romana), ahora usan técnicas cognitivas que rellenan los cerebros con basura para tapar cualquier agujero por el que pudiese entrar un rayín de conocimiento o salir un recuerdo luminoso del pasado.
A veces minusvaloramos este momento actual, pensando que es solo una anomalía o la historia de un grupo de psicópatas y que después todo volverá a encauzarse. Olvidamos que el tablero donde vivimos se llama imperialismo y la diferencia con momentos pasados es que ahora los dueños del capital tecnológico, los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas, en palabras de J. Dimitrov, están embarcados en una guerra abierta y desaforada, en una dictadura terrorista contra la clase obrera y los sectores más débiles de la sociedad.
Hemos sobrevivido a muchas culturas poderosas y sangrientas, pero la excepcionalidad del momento presente nos está dejando al borde del abismo, como los libros de la biblioteca de Niscemi.
Dicen que un verso puede salvar el mundo (o derrotarlo). Las guerras surgen cuando los poemas dejan de escribirse. Encontrar ese verso que tenga la potencia suficiente es una tarea ardua. En muchas ocasiones un juego o la observación de un fenómeno inesperado generó el interrogante que luego la ciencia resolvió para conquistar los grandes avances científicos y sociales de la humanidad. Si emulásemos a quienes no batallaron tras las dificultades de esos procesos, llegaríamos a la conclusión de que no hay solución posible para una sociedad en la que tener la piel de un tono u otro significa ser acribillado, deportado, humillado, violentado o matado, tengas cincuenta años o seas una criatura. O más cerca de nosotros, una sociedad que expulsa a los ancianos de sus casas poniendo el derecho a la propiedad y los negocios por encima de la dignidad de las personas, una sociedad donde se alquila por 550 euros una cama litera de 90 cm. de ancho por 2 metros de largo, en una habitación compartida entre cuatro personas, para que un trabajador pueda dormir y rendir al día siguiente en el puesto de trabajo que le permita pagar la cama. Esta imagen sola bastaría para provocar una revolución. Pero antes habrán de vaciarse los huecos mentales rellenos de basura de los que hablaba antes para dejar paso a la congoja y a la visión de la esclavitud que la imagen convoca.
Bajando a la arena de los de a pie, que somos los que hemos de encontrar soluciones a la supervivencia de la especie, tendremos que hacer autocrítica. Nos agobia pensar qué hacer, nos arrastra la desilusión, la desesperanza, el escepticismo y hasta a veces se culpa a los más débiles, llamándolos votontos, ignorantes, analfabetos o imbéciles. ¿Qué libros va a leer o qué pensamientos sesudos va a tener alguien que espera con terror la llamada a la puerta de los esbirros que lo deportarán o aquellos cuya única posesión (alquilada) es una cama de 90 centímetros de ancho por 2 metros de largo en una habitación compartida? ¿O una familia cuyo único pensamiento es la llegada del juez al día siguiente para desahuciarla y dejarla en la calle? Quien piense que esto es una exageración o que solo le ocurre a unos pocos, que revise los portales digitales o acuda a los datos reales de las organizaciones antidesahucios. ¿Acaso se preocupan de ellos, como no sea para rascarles el voto, esos partidos (de cualesquiera siglas y de cualesquiera país) que invierten en material de guerra mucho más que en educación o sanidad o que mienten como bellacos cuando por los medios, engolando la voz, afirman no vender armas a países genocidas, o cuando no revelan datos sobre el más de un centenar de vuelos en los que deportan cada año a miles de personas migrantes, como por ejemplo en el estado español?
Buscar una solución para unir todos estos vértices parece pertenecer al mundo de los enigmas matemáticos. Pero ¿y si vamos formando desde el principio un grafo que vaya uniendo los vértices, desechando la desilusión, la decepción, los prejuicios y el lenguaje que hemos ido asumiendo desde los espacios del poder? A veces las soluciones a las grandes cuestiones se encuentran en los arreglos de las situaciones cotidianas o en la mirada hacia las culturas que dejaron un rastro en sótanos como el de Niscemi.
Las culturas que el capitalismo ha ido arrasando (algunas no completamente desaparecidas) podrían ofrecernos una vuelta de tuerca a los análisis impuestos y filtrados poco a poco por los diseñadores del poder. Los mayas utilizaron observatorios sin necesidad de telescopios para describir las posiciones de los astros y calcularon con precisión el año solar. Los puentes colgantes de las grandes urbes del mundo tienen su origen en la red de puentes en suspensión que desarrollaron los incas. Y si pensamos en la medicina, muchas culturas tuvieron herbolarios curativos, no hizo falta una industria farmacéutica milmillonaria y esclavista para sacar del sauce negro el ácido salicílico que les protegía del dolor.
Quizás consideramos absurda la inversión que los Aymara (pueblo precolombino que habita una zona de los Andes entre Chile y Bolivia) hacen de la flecha del tiempo, ellos ven y señalan el pasado (nayra) hacia delante, y el futuro (qhipa) hacia atrás, a la espalda. Nosotros, occidentales, que estamos consumidos por las filosofías idealistas neoplatónicas dominantes, consideramos ese cambio en la flecha del tiempo como un atraso del conocimiento. Pero ¿qué sabemos de la forma del tiempo, de su materia? Para los Aymara el pasado está situado hacia delante, hacia donde pueden ver y del que pueden aprender. El futuro no existe para ellos. A los occidentales, sin embargo, nos obsesiona el control del futuro, el dominio de todos los productos culturales convertidos en mercancía. Hemos olvidado pensar sin apelar a la mercancía. Por eso dejamos suspendida en el vacío la biblioteca de Niscemi.
El poeta árabe Talal Haidar nos recuerda que “hay viajeros que partieron en el tiempo y aún no arribaron”. Considerando que es un lenguaje poético, podemos pensar que esos viajeros vagan por nuestro cerebro y solo el viento los traerá de vuelta. Pero también cabe considerar que esos caminantes pertenecen a colectivos de culturas marginadas que nunca murieron. Algún día tendremos que escuchar sus historias antiguas y quizás sean quienes nos marcarán caminos nuevos para salir de la barbarie.
Ojalá así sea, para bien nuestro.
Eirene
Alquiler de cama litera por 550 euros cada cama, en Ibiza (Artículo en Diario Ibiza)