La primera vez que escuché el cuento del astrónomo ciego, rescatado por Khalil Yibrán de la historia de la poesía árabe del siglo VIII, me asaltó una de las grandes dudas que ocupó mi memoria durante muchos años. ¡Un astrónomo ciego que, poniendo la mano en el pecho, y con la seguridad objetivable de un científico, dice observar y estudiar desde su pecho el firmamento!
En el inicial impacto apelé a la metáfora, esas estrellas que siente en el corazón serían de naturaleza poética, distintas a las materiales que vemos en el cielo. Pero inmediatamente se fue abriendo una brecha en mi pensamiento, ¿no será que estamos hechos de la misma materia que las estrellas y no nos son desconocidas porque nuestros paisajes interiores reflejan fielmente el mundo exterior?
Como inexperta científica, no tengo respuestas acertadas, solo quiero compartir algunas reflexiones sobre lo que somos y sentimos, ese cuerpo que a veces nos pesa y esa mente que nos pesa aún más.
Comienzo con un paseo por el cerebro, para describir los paisajes que todos poseemos, solo algo diferentes en cuanto a los cuidados que le dedicamos. Lo sencillo y lo complicado de dar un paseo por el cerebro es que no hay un principio ni un final, todo está conectado, podemos pasar de unas estancias a otras sin dejar las anteriores (una maravilla para cualquier creador de historias del metaverso).
Leyendo aprendí que el cerebro no es una masa sólida continua, como se creía hace tiempo. El gran maestro, Santiago Ramón y Cajal, con sus pocos instrumentos medibles, ya intuyó que nuestro cerebro es un bosque de árboles separados, que forman las redes neuronales (alrededor de cien mil millones de neuronas) con sus ramas y raíces que no paran de comunicarse entre sí unas con otras. Las ramas (llamadas dendritas, en griego “δενδρον” que significa árbol) son las que escuchan y las raíces (los axones, del griego ἄξων, que significa "eje”) son las que hablan. Estos arbolitos que dialogan continuamente se sincronizan para propagar la información por el cerebro y por el cuerpo, pero sin perder la individualidad. A veces algunos pierden ramas, se autopodan para dar paso al crecimiento de otras ramas que emitirán la luz de la que se alimenta el cerebro.
De este modo, cuando aprendemos, hablamos, escuchamos música, sentimos o pensamos, crecen las ramas de las neuronas, se abren caminos en el bosque y las aguas que los pensamientos forman, fluyen creando cauces cada vez más anchos y profundos. Esto se debe a la plasticidad del cerebro, capaz de diseñar paisajes y también firmamentos como el que observa el astrónomo ciego. Nada es metáfora, esos paisajes en miniatura son reales, tocables y hoy visibles con la resonancia magnética.
Pero las preguntas continúan, ¿por qué el ciego señaló con la mano en el pecho para decir que veía las estrellas y las constelaciones, y no señaló el cerebro? El astrónomo seguía guardando más sabiduría que todos los tratados de ciencia, pero había que descubrirla materialmente, desposeyéndola de cualquier atisbo de melancólica sensibilidad.
Si acudimos al lugar del pecho donde muestra su mano, escucharemos el latido del corazón, el que pone el ritmo a la vida. Las nuevas investigaciones nos dicen que vemos un objeto si nuestro cerebro responde a los latidos del corazón. Una ayuda para comprender al astrónomo: su corazón late ante la inmensidad del firmamento y su cerebro responde a esos latidos con la consciencia de formar parte del universo.
Una mañana, dejándome llevar por estos pensamientos y por la música del cuarteto “Alondra” de Haydn, mientras observaba por la ventana un cielo grisáceo de los que tenemos bastantes en el Norte, sentía las notas aladas penetrando desde los violines hasta mis venas, iban recreando en mi viejo corazón estelas dejadas por el vuelo de tantas vivencias, alegres y tristes, imaginadas y reales. Sentí materialmente bandadas de aves que danzaban dentro de mí y supe por qué decimos las expresiones: “tengo mariposas en el estómago” o “pájaros en la cabeza”. Son pura ciencia, la más pura de las ciencias. Porque realmente nuestro cuerpo está poblado de elementos que repiten los del exterior, de caminos, ríos, fuentes que emanan sustancias necesarias para la vida, neuronas multiformes que extienden sus raíces para formar el sistema nervioso que nos mantiene vivos.
Seguí en la ventana pensando en lo poco que conocemos lo único que tenemos, nuestro cuerpo, así fui a dar a los rincones de la memoria con ese caballito de mar que navega en el lóbulo temporal, entonces recordé a mi profesora de Ciencias, aquella asignatura tan interesante pero que su método castigador nos hizo tan odiosa, había que aprenderse los nombres y formas de las dendritas en latín, un fallo era un “cero” como una casa. Ahora, sin embargo, necesitaría encontrar aquellos conocimientos guardados en ese caballito de mar. “A ver, dibujad las fusiformes”. Para recordar decíamos en bisbiseo: ”Las del huso de la rueca de mi güela”. “Y ahora dibujadme las unipolares y multipolares” (era fácil, las primeras no tienen ramas en la cabeza, se parecen a la uniprofe, las segundas están llenas de dendritas en la mollera, somos nosotras que nos vamos por las ramas). De este modo aprendimos las formas de las neuronas. Luego estaban las esféricas en los ganglios simpáticos y parasimpáticos (eran para nosotras las neuronas de la risa), también las piramidales, las arácnidas y por fin las “estrelladas”.
Al llegar aquí recordé una información de hace pocos años, investigadores de la Universidad de Notre Dame descubrieron un nuevo tipo de neuronas estrelladas en el corazón, que pueden ayudar a regular la frecuencia cardíaca.
En un milisegundo comprendí por qué el astrónomo ciego podía ver y estudiar realmente las estrellas desde el pecho y sin verlas con los ojos. Porque él conocía la forma estrellada de estas neuronas que tanto tiempo han tardado en encontrar los científicos.
Este pequeño y limitado paseo por el cerebro para entender el cuento del astrónomo es una invitación al conocimiento de lo que somos: pequeños seres integrados en las grandes redes neuronales del universo.
Dicen unos versos árabes del siglo XII: “A los ojos parecen pequeñas las estrellas y no son ellas quienes engañan, sino nuestra mirada”.
Y ahora viene la mayor: La señora IA.
Miles de personajes destacados, intelectuales, informáticos y personas relacionadas con la inteligencia artificial (también Elon Musk) elaboraron y firmaron hace un año, una carta abierta, desde el Future of Life Institute, con el objetivo de que los laboratorios de IA regulen la carrera descontrolada y el poder de los nuevos sistemas. Extraigo algunos párrafos de la carta, que resultan cuando menos, sorprendentes:
“La IA avanzada podría representar un cambio profundo en la historia de la vida en la Tierra, y debería planificarse y gestionarse con el cuidado y los recursos adecuados”.
“¿Debemos dejar que las máquinas inunden nuestros canales de información con propaganda y falsedades? ¿Debemos automatizar todos los trabajos, incluidos los más gratificantes? ¿Debemos desarrollar mentes no humanas que, con el tiempo, nos superen en número, inteligencia, obsolescencia y reemplazo? ¿Debemos arriesgarnos a perder el control de nuestra civilización?”
Más adelante, piden a los laboratorios de IA que pausen inmediatamente durante al menos seis meses el entrenamiento de sistemas de IA más potentes que la GPT-4. Y que esta pausa debe ser “pública y verificable e incluir a todos los actores clave”, recordando que los gobiernos deberían intervenir e instituir una moratoria.
El motivo de la carta, pareciendo ser razonablemente cauto, es sin embargo una tapadera hipócrita, el negocio de la IA mueve muchísimo dinero, es el principal motor del mundo hoy, de este mundo que está creando, además de una nueva y más profunda brecha que la lucha de clases, un sistema de control que se escapa a la atención humana. Porque, a pesar de que se empeñan en decirnos que la IA es solo una herramienta (lo es en parte, no se pueden negar los avances en medicina), es también y sobre todo una forma sofisticada de control global del pensamiento, que nos hace dependientes y sumisos, alejados de la realidad palpable, con un futuro incierto, nada esperanzador. Y a bastantes años luz de la sabiduría humana a la que llamamos poesía y es ciencia, pura ciencia.
Acabo con una cita de Günther Anders a la que llevo dando vueltas unos días: “A los seres humanos les da vergüenza haber nacido en vez de haber sido fabricados”.
¿Con qué resina se pueden pegar las dos partes del texto?
Será con la que entre todos encontremos.
Eirene


